EL MUNDO COSMICO DE LOS PILAGA 

 

Los terrenos del Chaco van desde los 500 metros en el pie de las cordilleras occidentales de los Andes hasta los 70 metros en la boca del río Pilcomayo, en un recorrido de unos 700 kilómetros.

Una de las zonas donde más se marca la horizontalidad es en los esteros de Patiño; allí está el hábitat tradicional de los Pilagá.

por C.E.I.A.

(Centro de Estudios
de la Identidad Aborigen)

Es notable la poca información existente al respecto sobre los Pilagá, especialmente si se la compara con la relativa a otros indígenas del Chaco argentino, como los Tobas, Matacos, Chorotes y Chiriguanos.


República Argentina
Pcia.de Chaco en color rojo

El Pilagá imagina el plano terrestre como un gran disco suspendido y rodeado por el piyén (cielo); en ese disco viven los Pilagá y el resto de las tribus; claro está que los Pilagá habitan el centro de la tierra, el resto, y en proporción directa a la lejanía de los Pilagá, se ubican en la periferia de ese plano que tiene como límite el lugar donde el cielo toca a la Tierra. Este fin de la Tierra, se sitúa en un "más allá", "muy lejos", no determinado e inaccesible para el indígena. La bóveda celeste presenta una forma cóncava que posee su máxima altitud en el centro donde viven los Pilagá, y cae hasta rozar la Tierra, volviendo a presentar una forma cóncava por debajo de ella.

La otra cara del disco es el mundo subterráneo, la morada de los muertos, que también tiene "piyén" con su forma cóncava y sus estrellas. El Sol y la Luna siguen un camino prefijado y no dejan de girar sobre "piyén", alrededor del plano terrestre. Por eso cuando en un lugar es de día, en el otro es de noche y viceversa. De igual modo, cuando La Luna no puede verse, ella está en el mundo subterráneo.

El Pilagá generalmente se refiere al dueño con la voz "LoGót", aunque también puede hacerlo indistintamente con la de "Le'Tá" (Padre), que supera la esfera del parentesco para designar a cualquier jefe.

Por supuesto, que el Piyén consta de varios niveles. El plano terrestre tampoco es visto como una unidad; el mundo indígena es siempre un mundo de acción para una experiencia individual y concretada en ese ámbito determinado. Cada espacio se convierte en un mundo con características propias y es visualizado como una unidad desde la perspectiva de la potencia, en función de una experiencia existencial. Cada ámbito posee un dueño, un LoGót.

Piyén es gobernado por "Dapichi", un dios uránico, a quien le cabe la introducción de los más variados bienes culturales, como son la instauración de Venus matutina y de los puntos cardinales, la inversión de los planos cósmicos, la introducción de algunas plantas cultivables, las técnicas de siembra, con diversos instrumentos de labranza. Además, da origen al matrimonio monogámico, los períodos menstruales y el coito. Tras su realización creadora en la época primigenia, se retiró al cielo, donde mora en la actualidad, desinteresándose de los problemas de los hombres. Existen otras figuras uránicas que al igual que Dapichi, son perceptibles bajo la forma de estrellas. El resto de éstas son descritas como hermosas mujeres blancas y rubias.

El Sol es también una mujer, que se desplaza constante y lentamente por Piyén, en una silla de ruedas, provista de un gran fuego que le permite iluminar el espacio que transita, así como irradiar calor. La Luna es un hombre que recorre también Piyén en marcha despaciosa otorgando claridad nocturna tanto a un mundo como al otro y en forma sucesiva.

La tormenta, los truenos, son percibidos como un personaje dotado de intención. Se trata de una mujer que, al caerse dando alaridos al plano terrestre, lo hace temblar y provoca el escandaloso ruido y relampagueo que precede habitualmente a la lluvia chaqueña. El rayo es descrito como una vara de fuego que envía "Qaqadeláchiyi" durante la tormenta, así como le compete el envío de la lluvia, que puede ser para amontonar las nubes y hacer llover, o bien correr la tapa de una gran laguna, por lo que el agua cae al plano terrestre en forma de lluvia. El viento es percibido como un personaje; los Pilagá reconocen a dos teofanías: Viento Norte y Viento Sur, ambos con la intención de producir cambios climáticos. No se trata de un fenómeno natural sino del fruto de la intención de las deidades.

El paisaje de la bóveda celeste no es muy diferente al de la Tierra; aunque a simple vista no se puede observar, el chamán informa que allí (a través de sus viajes) hay árboles, animales, ríos y lagunas con sus peces; los habitantes viven de un modo muy similar al del Pilagá en "alewa" o plano terrestre. Sólo que allí aparecen ciertas características edénicas que hablan de la facilidad con que se consiguen los alimentos, de la inmortalidad de sus pobladores, de la frescura de sus aguas y, en general, de la abundancia.

Cuanto mayor es el poder, más alto es el nivel que se ocupa; Viento, Tormenta, Sol, Luna y Estrellas se localizan en el primer cielo; las teofanías uránicas lo hacen en el segundo, mientras que queda reservado a Dapichi habitar el tercer nivel.

Diagrama del Cosmos según los Pilagá

En el plano terrestre existen distintos LoGót que protegen cada especie. Está el "Dáwayk" LoGót del campo y de los seres que viven allí, a estos cabe las de velar por la procreación de los animales a su cargo, impedir la caza excesiva y castigar a los que la violen. Otra figura es "NonaGalasé", es la dueña del campo, tiene a su cuidado los vegetales silvestres, hierbas y pastizales, que allí abundan. Es un ser de talla minidimensional con un espeso vello rojo que cubre la totalidad de su cuerpo. Entre las teofanías, dueñas de animales, ocupa un lugar relevante "Kedókpolyo" un jaguar muy grande que domina a todos los felinos del hábitat chaquense; a veces, tiene forma de hombre, a veces tiene forma de tigre, pero es muy grande. Es un hombre alto y gordo, es muy bravo. El dueño del chancho majano se llama "Kodágele'tá", tiene pinta de un chancho chiquito, feo y peludo. Si se sueña con él se lo puede ver con pinta de persona, es un hombre petiso y morrudo, bien fuerte. El dueño de los conejos vive en el monte, tiene pinta de conejo pero más grande y se lo ve también como persona, si se lo sueña. El "Nanáykpoyo" es el dueño de todas las víboras, de tierra y de agua, tiene la pinta de una víbora grande de muchos colores o la de un hombre grandote bien forzudo.

El río está gobernado por "Wédayk", quien tiene a su cargo tanto el dominio de las aguas como el de sus habitantes, los peces. Ejerce el control de las aguas, el retiro de las mismas o las inundaciones; son decisiones que dependen de la intención y su voluntad

En época etnográfica, caía sobre las espaldas del "SalyaGanék", el decidir los ataques a los grupos enemigos, los que debían conducir a la victoria. El es el centro de potencia de su comunidad.

El mundo subterráneo constituye aquello que es vedado a la experiencia personal y a la experiencia sensible, ámbitos del chamán. Este lugar también tiene sus montes, sus ríos, sus animales, sus árboles y un cielo de estrellas. Es además, un espacio muy diferente, porque allí moran los muertos, seres terribles de naturaleza demoníaca; en ese lugar se agrupan integrando cada una, una familia de muertos que se ha de ir incrementando con el transcurrir del tiempo por los nuevos familiares fallecidos. Estos también duermen, cazan, pescan, se alimentan y han perdido todo lo que sea contenido lúdico, gozando de una existencia eterna. El recién llegado todo lo ignora, aunque percibe que se integra a un nuevo mundo; recibe asistencia de sus familiares y amigos, que le indican donde debe ir, qué conductas debe asumir; así pasará un tiempo adaptándose, hasta que construya su propia casa en un lugar preestablecido, sabrá conseguir sus alimentos, interactuar con el resto de los muertos, e irrumpirá en el plano terrestre asustando a sus seres queridos. La muerte comporta un cambio ontológico; no se trata de un fin de la existencia sino de un existir de otro mundo.

La noche se presenta a la conciencia indígena como un lapso cargado de significación, debido a que en ella impera una potencia diferente; los muertos en horas nocturnas, acuden al plano terrestre con algunas nefastas intenciones. El susto, que debe ser entendido como una enfermedad, implica el abandono temporario o definitivo del "paqál" de la persona, es decir, la materia anímica que posibilita la existencia y la vida de la persona. El actuar como un "loco", al margen de las reglas sociales y de los dominios de lo razonable, no es sino expresión de la pérdida del fundamento, es decir, del centro de potencia del sujeto, que el Pilagá identifica con el "paqál", la actividad onírica es también expresión de la presencia del paqál (alma sombra), producto de sus viajes nocturnos; es decir, durante la noche el paqál sale del cuerpo y se dirige a diferentes lugares, interactúa con otras almas, por medio de la experiencia onírica, la persona recuerda y conoce lo que ha sucedido. Los recuerdos tampoco quedan librados al azar, sino que son resultado de un pensamiento guiado por la acción del paqál, que en ciertas circunstancias, puede sentir añoranzas de los seres queridos, o de los lugares frecuentados. La muerte del paqál implica la muerte del sujeto en su totalidad. El rapto del alma se evidencia, en el plano físico, en la pérdida o disminución de las facultades propias del individuo.

La visión Pilagá de la muerte es muy diferente de la occidental. Allí donde se percibe la nada el indígena identifica un cambio ontológico que da origen a una nueva forma de existencia; descubriendo un nuevo modo de interacción. El indígena concibe al muerto como un ser siempre presente, interactúa con él, conmovido por un doble sentimiento; lo extraña y lo añora, pero también le teme.

     Fuente: Modos de Clasificación en la cultura Pilagá,  de: Anatilde Idoyaga Molina.

Si querés contactar a C.E.I.A: fundacion@fabiozerpa.com.ar

El Quinto Hombre  
 

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