LA PROGRAMACION MENTAL COMO METODO "ANTIALCOHOLISTA"

Por Leonor Leiva - Argentina

Mucho se ha dicho y escrito sobre el ALCOHOLISMO. Pero siempre será poco lo que se diga o se haga para desterrar uno de los más serios flagelos de la sociedad.
Daremos aquí un enfoque distinto al problema, dirigiéndonos al alcohólico aceptable en sociedad, aquel que no pierde ni su control ni el dominio de su persona, pero que de una u otra manera depende del alcohol.
Haremos un análisis de la situación, y trataremos de brindar, por medio de la PROGRAMACION MENTAL, una orientación adecuada hacia aquellas personas que se sientan identificadas con el problema que planteamos.

Cuando se habla de un ALCOHOLICO, la imagen que se nos presenta es la de un ser degradado física y espiritualmente, sin consciencia de sus actos y responsabilidades, y que sólo aparece en las crónicas policiales.
Lo que hasta hace poco se consideraba un vicio, hoy se considera una enfermedad, y lo es realmente. Una enfermedad cuyos virus no se pueden aislar, ni combatir con vacunas ni antibióticos, ya que es una enfermedad de la mente, de los sentimientos, de la psiquis, de eso tan profundo y propio de cada ser humano, tan íntimo, que sólo él conoce.
No se nace alcohólico. El alcohólico se hace. Y no de un día para otro. El proceso puede desarrollarse en forma más o menos rápida, pero por lento que sea no deja de ser sumamente peligroso.
Son múltiples los factores que influyen para que un individuo se convierta en "lacra social", sin darse cuenta de ello. De ahí el término "aceptable", o "alcohólico social", ya que no se les ve descontrolados, ni abandonan sus responsabilidades y trabajos.
¿Cómo reconocer entonces estos distintos grados de alcoholismo?.
Sólo puede hacerlo el mismo individuo, ya que en él se realizan los cambios y procesos.
No se trata de la persona, hombre o mujer, que un buen día, en una reunión toma unas copas de más, y los amigos deben llevarlo a su casa, o no encuentra el agujero de la cerradura para introducir la llave. Esas personas pueden convertirse en alcohólicos, aceptables o de los otros. Pero todavía no lo son. Se trata de esas personas a las que nunca les sucede esa situación tan desagradable, ya que tienen "cultura alcohólica", pero "dependen del alcohol". No tiene importancia la bebida que se prefiera, ni la cantidad que se beba. En estos casos, sólo cuenta la "dependencia", la "necesidad" de ingerir bebida alcohólica, en determinados momentos, la "seguridad" de tener al alcance esa ilusa panacea, no beber por el placer que puede dar saborear un buen licor, sino por la imperiosa "necesidad" de beber.
No es difícil distinguir el proceso mental en unos y otros.
Es lógico, y también humano, desear compartir una copa en amable charla, o saborearla en soledad. Pero es distinto cuando se busca en el alcohol el "bastón" que apoye y ayude a sobrellevar una situación crítica.
La soledad, las frustraciones, la agresión constante que se siente, que se palpa, en el hogar, la calle o la oficina, la incomprensión, la incomunicación, vivir en una realidad no deseada, la timidez, la falta de seguridad, ya sea económica, afectiva o emocional, el exceso de responsabilidad son algunos de los virus que van atacando lentamente la voluntad del individuo.
"Si se ha aceptado que el alcoholismo es una enfermedad, es propio llamar virus a las causas que lo producen". Virus filtrables a través de las más finas mallas, invisibles e inasibles, pero de una presencia y una fuerza arrolladoras. Actúan en forma solapada e indirecta. Ya crean una situación de tensión extraordinaria, dando la sensación de que se va a estallar, o deprimen hasta el punto de no sentir la vida que fluye a raudales en todas partes. Impiden ver que la situación no es tan desesperante, ciegan hasta lograr que se ignore la belleza de una puesta de sol, el milagro de una sonrisa o la pureza y amor de una mirada, o un apretón de manos. Se esconden en negras cortinas de humo, y así pasan, dejando sus huellas de dolor y amargura, hasta lograr vencer la resistencia del atacado, que sin saber por que, mecánicamente, recurre como remedio, al "bastón del alcohol", como apoyo, sin pensar que es tan frágil e ilusorio como una pompa de jabón. Siguiendo el camino de esa luminosa e ilusoria pompa de jabón, veamos como actúa.
Imaginen un protagonista, hombre o mujer, atacado por los virus, y recurriendo al "bastón del alcohol". Como es una persona sumamente responsable, no llenará su vaso, y lo tomará en pequeños sorbos, ya que "no es cosa de no poder seguir trabajando, o que a uno le vean mareado..., caramba, uno no es un borracho, sólo que esta vida y estos problemas...."

Después de este coloquio consigo mismo, el vaso ha quedado vacío, el alcohol ingerido actúa como estimulante, y el individuo se siente "mejor", y continúa normalmente con sus obligaciones y su vida; por poco tiempo. El estímulo recibido se ha terminado, no ha dejado secuela alguna, pero los problemas siguen igual. Se vuelve a ese pequeño bastón alcohólico. "Total, no me hizo mal. ¡Tomé tan poco! Pero esos "pocos" se han convertido en uno o dos vasos. Pasan unos días, en que no siente la necesidad de tomar alcohol, pero los virus sociales siguen su ataque. Y vuelve a los "pocos". Ya no hay coloquio interno. Ha mecanizado el proceso mental. Ante la angustia o la depresión, un "poco" de alcohol levanta el ánimo, estimula su sistema nervioso, se siente "distinto", y mejor. Hasta que se le ocurre medir lo que ha  tomado, de a poquitos. "¡Caramba, no puede ser! ¿En que voy a terminar? ¡No, yo no!". Todavía los virus no han lanzado el ataque a fondo, y el individuo tiene reservas, gana su proceso mental, y deja sus sorbos. Por poco tiempo. Esta vez, los virus cuentan con la confianza y seguridad de que el atacado cree "vencer" ya que ha logrado dejar sus sorbos por un tiempo, tomarlos cuando él lo desea, y después de todo, nunca se ha mareado, ni se mete con nadie, y sigue cumpliendo sus obligaciones. ¡Qué importa trago más o menos!
Y los pequeños-grandes sorbos, se van sucediendo. De pronto, se da cuenta de que los que lo rodean lo observan cuando toma, su botella, o no la encuentra en su lugar acostumbrado. La reacción lo asombra. ¿Cómo que estoy tomando demasiado? ¿Acaso no cumplo mi trabajo, me han visto mareado? Pero desde entonces, se esconde para beber sus sorbos, y se asegura de tenerlos a mano para cuando los necesite. Y en realidad, no es mucho lo que toma, sino que depende del alcohol como del cigarrillo. Es ya un alcohólico aceptable, o social, a un paso de convertirse simplemente en alcohólico.
¿Cuáles son los procesos mentales que ha sufrido ese individuo? Su mente responde, por mecanización, a "tapar" con unos tragos la tensión existente. Se ha acostumbrado al estímulo alcohólico y "ordena" al organismo a responder al apoyo del alcohol. Todavía no se marea, ni se pasa de su medida. Pero a veces lo invade la pesadez y la somnolencia, sus reflejos no son tan fieles como antes, se levanta de mal humor, su hígado no funciona bien, ha subido de peso, y lo que es más grave, se siente culpable de su debilidad y de su "dependencia" del alcohol. Vuelca su culpa a las cosas que lo rodean, y se aísla cada vez más, aumentando así sus problemas.
Esa persona que está en pleno proceso de enfermedad, puede curarse y salvarse. Tiene en sus manos el más sabio de los médicos: SU MENTE.
La fuerza o energía mental no tiene límites. Puede el hombre usarla para crear, destruir, o recrear lo que ha destruido, y puede usarla n todo momento. En el caso descripto no será tarea fácil, pero sí posible y efectiva.
El individuo deberá empezar por analizar, fríamente, que circunstancias o hechos lo llevaron a su primer "sorbo de alcohol". Quizás deba remontarse a varios años atrás. Debe hacerlo en forma minuciosa, "reviviendo" cada momento, por doloroso que le resulte. El relajamiento, la concentración, le ayudarán a lograrlo. Debe "verse" a sí mismo, hasta antes de la primera caída. Como un hábil cirujano, usará su mente como un escalpelo que aparte y destroce las telarañas de sus recuerdos, hasta llegar a ese momento y recordar el porqué de esa situación. Retroceder en su vida y en el tiempo, en los hechos hasta lograr el fin propuesto. ¿Por qué empezó esto?
Una vez ante SU vista INTERNA, el hecho que desencadenó la situación actual, estudiará detalladamente si valía la pena que destruyera tanto de sí mismo, de su propia estima, y con seguridad verá que no. Que las cosas y los hechos, la vida misma, ha seguido su curso, sin interrupciones, comprobará con dolor que ha llegado a depender del alcohol, sólo por seguir un camino, que creyó más fácil, pero lo ha dejado vacío y sin fuerzas.
Si ha llegado a esta conclusión tiene ya ganada gran parte de la batalla. Deberá revertir su proceso mental, y re-aprender a no depender del alcohol. Debe aprender a programar su mente, como si fuera una computadora, sin olvidar que LA MENTE es la más fiel y perfecta de las computadoras. Nada se le escapa, no olvida nada. El error está en el programador, pero no en la máquina.
Una vez relajado, y concentrado en el problema, programe su mente, con convicción y seguridad de que será recibido su programa, con frases cortas y directas. Por ejemplo: El alcohol sólo me ha traído problemas. Debo tomar agua. Haga este ejercicio mental, cuantas veces le sea posible, durante el día. No necesita estar acostado o en descanso para hacerlo. Sólo le bastarán unos minutos, no más de cinco, quince, a lo sumo, para lograrlo. Es importante que deje de lado todo otro pensamiento, y dirija su mente a esas palabras.
Al programar su mente para este hecho tan importante en su vida, ponga la misma voluntad, el mismo empeño, ambición y esfuerzo, que pondría en comprar una nueva casa, un automóvil, o concretar un gran negocio.
Si se siente con necesidad de tomar alcohol, llene su vaso con agua. Piense que el agua es el gran don que el hombre ha recibido. De ella se alimentan los animales y las plantas. Y hasta el aire que se respira. Al tomar el agua, haga que su mente recorra el camino que ella sigue, a través de todo su organismo, dándole nueva vida a sus células más recónditas.
"Sienta", "viva", el recorrido del agua por su estómago, sus órganos digestivos, sígala ininterrumpidamente hasta que llegue a su sangre, "vea" cómo sus células se gratifican con el hidrógeno y oxígeno del agua, y se ensanchan y se remueven, y crecen y vitalizan, en lugar de estar recibiendo gotas de veneno. Así estimulada mentalmente, el agua arrastrará con todas las toxinas que el alcohol ha dejado en ellas.
Si no tiene por el momento voluntad suficiente como para cambiar su vaso de bebida por agua, no se desanime. Sirva su vaso acostumbrado. Hable con él, como con un viejo amigo. Descargue sobre ese vaso toda su impotencia, su falta de voluntad, cúlpelo de sus dolores de cabeza, de sus malestares estomacales, de su mal humor, de las horas gratas que pudo haber vivido mientras lo invadía la somnolencia y la pesadez, recuerde la mirada de sus seres queridos, o su propia reprobación al beber, como en un juicio, ante el más temido de los jueces, que es Ud. Mismo, culpe y anematice a ese vaso, como el causante de todos sus problemas. Y tome luego agua.
Parece un método muy simple, pero no lo es. Debe contar con su voluntad, Su voluntad para programar su mente. Recuerde que el alcohol es un veneno, lento, pero seguro. Poco a poco irá destruyéndolo cada vez más. Y Ud. comenzó a autoenvenenarse, y Ud. entrenó su mente para que aceptara ese veneno.
Cambie ahora, que todavía tiene tiempo, ese proceso. Actúe en reverso. Cambie su vaso de alcohol por agua, y se sentirá libre y feliz de haber vencido a los grandes enemigos solapados que lo han llevado a esta situación. Los virus sociales. Siéntase con poder sobre ellos. Su mente, su compañera de toda la vida, está esperando esa decisión suya. No la defraude. Ella está ansiosa de recibir sus órdenes de tomar agua, para restituir todo lo que por sus órdenes, destruyó. Cubra con agua sus tensiones y angustias, y todo su organismo se lo agradecerá, y hará que se sienta pleno y lleno de vida, de salud y confianza, de alegría de vivir.

 

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