LA CAUSALIDAD - COINCIDENCIAS EN UN ASESINATO CELEBRE
                                                               

  por Fabio Zerpa

 

¿Coincidencias?
Quizá, casualidades. Muchas veces, ante hechos realmente muy especiales, hemos pensado que la casualidad no existe; nos "parecen" casualidades aquello que hemos realizado o que se nos ha presentado, pero también "parece" que algo o alguien orquestara la irremediable causa con su inexorable efecto; causa-efecto, ley de muchos esotéricos, que se presenta en muchos aconteceres vitales, como algo que siempre llega en punto, a su cita, para indicarnos que no todo es libre albedrío;

quizá tenemos una escasa libertad de acción dentro de una línea recta, curva o circular, donde funciona el destino; un espacio-tiempo cronometrado perfectamente pero no sabemos qué o quién más allá de nuestro avatar.

Coincidencias, las hemos encontrado como Plutarco, en muchas vidas paralelas, que nos indican dos personajes actuando dentro de la misma sinfonía de hechos repetitivos; así tantos paralelismos nos dejan una real significación para pensar y meditar en esa causalidad y no mera casualidad.

¿Quién fue Antonio José de Sucre?

Militar y patriota venezolano, prócer de la independencia americana, nacido en Cumaná. Hijo de una ilustre y rica familia, gozó de una esmerada educación.

Tras la revolución de 1810 interrumpió sus estudios para unirse a las fuerzas de Miranda contra los realistas. Después del desastre de la Guaira se refugió en Cunamá, y al año siguiente volvió a tomar las armas, distinguiéndose como uno de los mejores oficiales del ejército libertador. Pese a su juventud se le dieron puestos de gran responsabilidad, y en 1818 Bolívar le ascendió a general. Tras la victoria de Boyacá (1819), asumió la jefatura del estado mayor del Ejército Libertador. En 1821 liberó Guayaquil, y al año siguiente obtuvo la resonante victoria de Pichincha, con la que se conseguía la independencia de Ecuador. Nombrado intendente de Quito, mostró sus grandes dotes de político y eficaz administrador, sometiendo en todo momento sus ambiciones personales al interés de la causa libertadora. Pronto, sin embargo, volvió al campo de batalla, demostrando su genio estratégico en la toma de Pasto y la decisiva batalla de Ayacucho (9 de diciembre de 1824), que aseguró la liberación del Alto Perú y por la que el Congreso Peruano le otorgó el título de gran mariscal de Ayacucho. En julio de 1825, y pese a la oposición de los círculos gobernantes peruanos, la Asamblea de Chuquisaca proclamó el Alto Perú nación soberana con el nombre de Bolivia. Asimismo acordó designar "protector" del nuevo Estado a Bolívar, y poco después una asamblea constituyente nombró a Sucre presidente de la República. La oposición antibolivarista peruana, encabezada por Gamarra, trabajó desde el primer momento por derribar a Sucre, y en abril de 1827 promovió un motín en Chuquisaca, que sirvió a Gamarra de pretexto para invadir el país. La guerra terminó en 1828 con el tratado de Piquiza, tras el cual Sucre renunció a su cargo.

Emigrado a Chile, mandó las tropas que derrotaron a los peruanos en Tarqui, y en 1830 se trasladó a su patria, siendo nombrado presidente del Congreso de la Gran Colombia. Pocos meses después fue asesinado por una partida antibolivarista en las montañas de Berruecos (Colombia).

Este fue el mariscal Antonio José de Sucre; veamos ahora su triste final, en Berruecos. Sucre en aquel momento viajaba de Colombia hacia Ecuador en una misión, de acercamiento y unidad para los tres países Venezuela, Colombia y Ecuador; enviado por el gran Simón Bolívar. La noche del 3 de junio de 1830, Sucre se detiene en la casa de un amigo José Eraso, para descansar y dormir, junto a sus compañeros de marcha José Antonio García Trelles, los sargentos Lorenzo Caícedo y Francisco Colmenares. Ellos no sabían que Erazo y su lugarteniente Saria, complotaban contra la autoridad que significaba Sucre, ya que los intereses de un siniestro personaje llamado José María Obando, futuro presidente de Colombia, que quería el poder para él, había comisionado a Apolinar Morillo, que con Erazo y Sarria, eran los encargados de ultimar a Sucre.

En la mañana del fatídico 4 de junio de 1830, yendo Sucre, Caicedo, Colmenares y García Trelles, en sus briosos caballos, por el estrecho paso selvático de Berruecos, entre Popayan y Quito, en el Ecuador, cuatro disparos resuenan en el desfiladero y el caballo encabritado de Sucre voltea al mariscal, que cae herido de muerte; los otros acompañantes huyen entre las montañas, perseguidos a balazos por los asesinos.

Todo esto que acabamos de narrar lo conoce la Historia a través de ese personaje singular que fue Apolinar Morillo; ¿pero cómo fue apresado este bandido? Ahí comienzan las extrañas coincidencias, la ley de la causa-efecto.

Después de la muerte del mariscal Sucre, se inicia una investigación del crimen, muy mal realizada, quizá a regañadientes, porque la figura de Obando predominaba cada vez más, hasta llegar, un año después, en 1831, a ser presidente de Colombia.

Pero nueve años después (número cabalístico de importancia) en 1839 es apresado por el Ejército neogranadino, Apolinar Morillo, protagonista de muchos actos de pillaje y bandolerismo, ya que según crónicas de esa época, contaba en su saber nada menos que con 200 asesinatos. ¡Qué cifra, no!

Pero hete aquí que Apolinar Morillo es conducido preso hacia Quito, por el mismo camino en que nueve años antes, había sido asesinado Sucre. Morillo iba arriba de una mula, que al llegar a Berruecos, se encabrita, se enfurece, se para de manos y lo voltea al criminal. Dentro de la patrulla del ejército, iba un oficial que recordó la matanza anterior y lo comunica a uno de sus jefes, hecho que escucha Morillo, y por causas desconocidas, empieza a gritar haciendo comentarios sobre el crimen de Sucre, con tales detalles que asombró a la comitiva militar, quienes se dieron cuenta de quien tenían entre manos.

El "destino" o algo, le jugó la gran mala pasada a Morillo, porque siempre quedará sin contestar la pregunta ¿Por qué habló y actuó así, después de 9 años? ¿Qué lo impulsó a realizar esa confesión inusitada?.

Por supuesto, después de aquel arrebato confesionante Morillo quiso negar todo, pero apremiado ya en Quito para que dijera toda la verdad, terminó confesando el crimen, su actuación, las implicancias del delito y fundamentalmente, toda la supervisión de José María Obando.

Un detalle significativo, los dos cómplices de Morillo, Erazo y Sarria, murieron envenenados poco tiempo después del asesinato de Sucre en circunstancias muy confusas, quizá ordenados los envenenamientos por el propio Obando, aunque nunca se supo la verdad definitiva.

A pesar de toda esta confesión de Morillo, Obando después de haber caído su gobierno y vuelto a retomar, en los clásicos vaivenes revolucionarios que tiene toda la Historia Latinoamericana, logra que a Morillo lo absuelvan y éste se escapa, hasta el año posterior, en que Obando vuelve a caer y Morillo es nuevamente arrestado para ser finalmente fusilado.

Ya tenemos a tres de los cómplices muertos, a pesar de los avatares; faltaba solamente uno. En 1853 Obando vuelve al poder de Colombia, y empieza una tremenda persecución contra toda persona que tuviese algo que ver en todo el proceso Sucre y sus asesinos.

Pero un año después, nuevamente es derrocado y en ese período, el gran escritor colombiano José de Irisarri, recopila todos los antecedentes del memorable caso en un libro que se llama OBANDO Y LA HISTORIA CRITICA DEL ASESINATO DE SUCRE. Las pruebas terminantes, exactas y verídicas, terminaron por abrumar a Obando que se encontró con testimonios escritos por su mismo puño y letra.

El último recurso del asesino fue entonces rebelarse nuevamente contra el gobierno y en la lucha revolucionaria, ya en 1861, 31 años después de la muerte de Sucre, en la batalla de Sobachoque cae abatido por las fuerzas militares. Por fin se había hecho justicia.

Una mula que se encabrita no sabemos por qué, una confesión abrupta de uno de los asesinos, con su conciencia saliendo a relucir a gritos; dos compinches muertos en circunstancias muy extrañas ¿envenenados o destruidos por el destino fatal?; y un principal culpable, José María Obando, nacido en 1795, en Cauca, Colombia, el mismo año en que su asesinado, mariscal Antonio José de Sucre, lo hacía en Cumana, Venezuela; además el apresamiento del fundamental declarante, Antonio José Morillo, se produjo el 4 de junio de 1839, exactamente nueve años después de aquel trágico 4 de junio de 1830.

¿Coincidencias? ¿Causalidad? ¿El destino guiando las acciones humanas o solamente casualidades? Interrogantes para pensar en este babilónico mundo contemporáneo.

El Quinto Hombre  
 

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