EL MITO DE SISIFO, DE ALBERT CAMUS

                                                                                      

Por Ana Bologna (Uruguay)


Camus, "el novelista de la desesperanza", sirve de base para este ensayo exclusivo que pretende responder a una pregunta siempre acuciante ¿por qué se suicida la gente?.
Partiendo de esta afirmación cuento con la posibilidad de ensayar acerca de esta opción; el suicidio es una opción.
Dicho esto ya quedan expresadas las nociones y argumentos que tiñen el ensayo: concebir el suicidio como una opción ante la cual se enfrenta el hombre es pensar a la vez en él como un ser libre; de la misma forma es aceptar junto con A. Camus que le es dado y propio al espíritu humano reflexionar acerca de si, acerca de sus instancias personales.
Por ello es que concebir al hombre como un ser libre y aceptar que el espíritu humano puede analizarse, es entrever que su mensaje será positivo en cuanto el hombre pueda optar y merece el mayor de los respetos por una vida que sintió y entendió que tal vez lo mejor fuese resolverse de esa manera.


Realmente es elemental y sutil a la vez que si no fuese libre no podría hacerlo; y resulta obvio a nuestro entendimiento; pero es también sutil ya que continuamos preguntándonos varias veces si el hombre es libre por no poder evidenciar con la razón, lo que parece ser perceptible para el corazón; su suicidio ocurre en su pensamiento como una "rebelión pura".
No sólo las nociones acerca de la naturaleza del hombre se hallan presentes sino las concernientes a la vida y a la muerte. Por ello una aclaración es necesaria y suficiente por sí misma para evitar que en un tema delicado se concreten varios conceptos y valores, induciendo a confusiones y apreciaciones parciales; descubrimos o entendemos entonces que vida y muerte son una misma realidad del ser.
Las distinguimos como dos manifestaciones distintas del ser pero no como realidades separadas.
Este juego encierra una misma esencia y ella es el modo como debe ser manifestada la realidad del ser, en una vida plena, ausente o meramente presente.
El adjudicarle calificativos como un hecho "bueno o malo" es absurdo, ya que los mismos son pensados desde un punto de la polaridad, es decir desde la vida hacia la muerte.
Se entabla una ruptura en el ser que lo enajena de su sí mismo, ayudándolo a pensar que pone fin a una etapa por otra, desinteresándose por el proceso que él mismo es; su constante devenir. Sin querer entrar en valores religiosos, filosóficos o culturales determinados, es necesario subrayar que el hombre como persona está siendo, es, ya sea en su presencia o en su abrupta ausencia.
No es acertado encerrarlo en la premisa que vivir es sólo conocer, entender acerca de la vida como parece suceder.
No se trata de conocer los argumentos para la vida sino también sentirlos, y sólo un hombre dueño de sí los recrea, los dinamiza, en función de infinitas circunstancias, adaptándose a ellas y haciendo de las mismas una oportunidad para crecer y desarrollarse. El hombre nace y se hace.
Lo absurdo se presenta sólo en el hecho de continuar reconociendo "entre vida y muerte", sentimiento y pensamiento. Esta misma realidad se manifiesta por antinomias para que el Hombre ocurra. La vida no consta entonces de tener claro sus argumentos sino también de sentirla, vivirla en nuestro cuerpo y mente, y de reconocer que indefectiblemente en la complejidad y riqueza del momento compartido con otros, siempre se está muriendo algo y por ellos se está viviendo.
No es correcto reflexionar olvidando que cada circunstancia responde a una red de momentos psicológicos de la persona.
Los otros y uno mismo permanentemente apelamos a la lógica sin medir la congruencia de nuestros pensamientos y sentimientos.


¿Cuánto del contexto social, cuanto del individuo se reúne en la decisión? (del suicidio).
Es inmedible y a la vez innecesario. Porque si al hombre lo ayudamos a ser dueño de sí (aunque sea en parte ya que esto es siempre creciente e inabarcable) aún así tenemos la respuesta de su ausencia abrupta, tenemos que respetarlo y saber ver que esa decisión de muerte fue un proceso de vida, al igual que los ideales que justifican una vida y su final. ¿Entonces no serán vida y muerte las dos caras de una misma moneda?.
Tan inteligente es la operación, que se prepara en el silencio del corazón, acallando el latir de la vida, por no comprenderla, pero ¿es ésta la única descripción posible?.
Esto parece absurdo también, no hay confusiones, sólo hay un divorcio entre lo más íntimo del hombre y su capacidad de expresarlo en vida.
¿Por qué? Porque de la mano de las dos únicas soluciones, la de un sí o un no ante la vida, es que se induce al hombre a su enajenamiento y al camino de zig-zag.
El intelecto puede entonces exponer su profunda declaración acerca del suicidio y que no hay una única verdad al respecto; si alguien pierde su vida de esta forma, esto es un hecho, exacto como una verdad absoluta.
No podemos dejarnos llevar por ninguna reconstrucción quimérica de la realidad. La misma parece confundir a la resolución y permanencia del hombre coartándolo a ser, como es.
Tenemos que apelar a un natural encuentro del hombre con su potencial, así éste puede con otros, ir participando de su realidad, deviniendo en un proceso cuyo gozo es el cambio y el respeto mismo que lo hacen posible.
De esta forma no tendremos un hombre de cara a su muerte, o de cara a su vida, sino un hombre de cara a sí mismo y a su proceso, siendo el instrumento de su mejor expresión.
La respuesta parece sencilla y el balance positivo si centramos al hombre en su conocimiento personal.
Muerte y vida intercambian sus cartas permanentemente; lo esencial es saber si es el hombre quien juega.
La última defensa al respecto de la condición del hombre y el respeto que merece la resolución, es la de trabajar con la convicción de que un cambio de mentalidad puede aproximar al hombre a exigir una orientación permanente hacia un mejor conocimiento de sí y con ello de su entorno, para así hacer posible el goce de la vida frente al cual no existan preguntas sino respuestas.
"El espíritu puede entonces analizar las figuras de esta danza, a la vez elemental y sutil, antes de ilustrarlas y revivirlas él mismo..."

"La verdadera fortaleza del entendimiento consiste en no consentir que lo que sabemos sea coartado por lo que ignoramos".

                                                                                                                      SPENCER.

El Quinto Hombre  
 

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