LA ANGUSTIA EXISTENCIAL

                                                                 

Por Prof. José Alvarez López - Argentina

Desde las remotas épocas en que los hombres comenzaron a meditar y a interrogarse por los enigmas del Universo el misterio del tiempo ha sido motivo de permanente preocupación. Es posible que el transcurrir del tiempo haya originado los primeros problemas que se plantearon en la mente humana, en cuanto al hombre comenzó a tener conciencia de su individualidad. En el momento mismo en que el instinto dio paso a la conciencia personal una preocupación angustió al hombre: la sensación de su propia finitud.

Está claro que esta inquisición no pudo ser en aquellos tiempos la fría y desapegada meditación sobre los aspectos lógicos de la existencia y la búsqueda de una síntesis unificadora exenta de contradicciones como lo exige hoy la académica exposición de las filosofías. Un compromiso vital -una angustia que debía ser superada con cualquier esquema- impulsó al hombre a la acción: erigiendo monumentos funerarios ya fuera para perpetuar el recuerdo de los seres queridos, ya fuera para asegurarse la propia inmortalidad en un mundo de cosas perecederas. La consciencia del yo -generada por la responsabilidad social del individuo- se vinculó complejamente, desde la más temprana edad, a la nostalgia de un tiempo pasado que nos llegaba en el recuerdo y a la expectación del porvenir, que no fue al principio sino la necesidad de protegerse frente a los cambios de la Naturaleza en el día y la noche y en la precesión de las estaciones. El recuerdo de los ciclos pasados hizo presentir, al mismo tiempo, la existencia de los ciclos futuros. De esta manera la memoria implicaba a la vez el recuerdo y la previsión. Cabalgando sobre el misterio del tiempo, la memoria entregó al hombre al nostálgico añorar de un pasado siempre feliz y a la temerosa expectación de un enigmático mañana. Y envolviendo todo esto en su manto de bruma, el espectro de la muerte se hizo compañero de sus días, en los que una previsión consciente ordenaba la búsqueda de amparo para su propio yo, sus mujeres, su prole, su familia, su tribu. Todo esto fueron los instintos de conservación del individuo y de la especie que emergían ahora, empujados por la angustia, en el marco de la incipiente conciencia, y se transmutaban en rituales de magia y ceremonias religiosas que conjuraban los peligros temidos y permitían retornar al ayer venerado.

La meditación lógica y fría sobre el tiempo debió venir mucho después. La vemos aparecer en Heráclito en aquella sentencia terrible: "No nos bañamos dos veces en un mismo río". El fuego que transforma al ser en devenir es, en Heráclito, la conciencia del tiempo. Y en Parménides, su propia insistencia sobre el ser ajeno al devenir nos muestra una actitud mental diametralmente opuesta, para enfrentar a la misma angustia del tiempo. A la actitud heroica de Heráclito que enfrenta el devenir con las manos cruzadas sobre el pecho, Parménides prefiere el seguro refugio de un ser permanente e inmutable.

Protágoras también se preocupaba por el problema de la finitud humana y la inestabilidad del Universo en el tiempo. Para él nada existía y todo se reducía a los mirajes de un caleidoscopio en el que se agitaba movimiento y nada más que movimiento. El Universo se reducía a tiempo y espacio en una imagen muy próxima a las modernas concepciones relativistas.

La preocupación moral de los filósofos socráticos - Platón, Aristóteles - hizo pasar a un segundo plano la meditación sobre el tiempo. En el Timeo, el tiempo se expresa por los ritmos musicales que computa el Demiurgo y el Universo - en el tiempo- es, allí: "El conjunto de todas las cosas que fueron y no son y de las que son sin haber nacido". Llegamos después a Plotinio cuya meditación sobre el tiempo, en las Enéadas, comienza a tomar la forma concreta que después adquiere en las "Confesiones" de San Agustín, la máxima jerarquía en el pensamiento antiguo sobre el problema.

Lo que plantea San Agustín es la naturaleza contradictoria del tiempo, que no podemos decir que exista, pues en cuanto llega a existir deja de existir. Siempre se nos manifiesta el tiempo, o como tiempo futuro o como tiempo pasado. El dilema agustiniano se parece mucho al problema que Platón condensó en su definición del Universo y que, por otra parte, se vincula a las cuestiones sobre la dicotomía que analizaba Zenón de Elea, para quien el tiempo también era esencialmente contradictorio. Pero la contradicción que patentizaba el eleata era de otra índole; más bien vinculada al atomismo de la escuela de Abdera y al "racionalismo" de la escuela pitagórica, ya que las famosas "aporías" del movimiento implicaban, más que la no existencia del movimiento, la atomicidad del espacio y el tiempo. Es fácil convencerse de ello sin más que observar que todo el proceso de imposibilidad, por ejemplo, de que Aquiles pueda alcanzar a la tortuga, se basa en la suposición de que el tiempo y el espacio pueden subdividirse infinitamente. Es un hecho digno de hacer notar que el espíritu griego se oponía resueltamente al "continnum" de las modernas concepciones matemáticas. La discontinuidad del espacio y el tiempo era lo que engendraba, a la postre, el atomismo de Leucipo y Demócrito. Y es interesante anotar que la ciencia moderna, que ha llegado a la constatación de la discontinuidad de la electricidad y de la acción, acepte la continuidad del espacio y el tiempo como premisa inicial para todos los razonamientos matemáticos y físicos. Tal vez por ello se vuelven a tomar en serio las aporías de Zenón, y algunos filósofos -como Charles Renouvier- les conceden singular importancia, observando que las famosas "demostraciones" de Aristóteles en contra de las teorías del eleata no demostraron nada no pasaron de ser meros sofismas.

La actualización de las aporías del movimiento nos plantea, pues, la divisibilidad y la indivisibilidad infinita del tiempo y el espacio como un problema filosófico importante, que reaparece en las modernas "antinomias del infinito" de la "Teoría de Conjuntos", donde las "antinomias" de Russell, de Burali-Forti, de Richard no son más que nuevos nombres para las viejas proposiciones de Zenón. Estas situaciones contradictorias, que aparecen en las modernas generalizaciones matemáticas, surgen todas de haber aceptado la infinita posibilidad de subdivisión del espacio. No es necesario sin embargo, llegar hasta las últimas consecuencias de la teoría para descubrir la contradicción que aparece en cuanto consideramos que la idea de "continuum" nos conduce, directamente, a establecer que en el mayor segmento imaginable hay el mismo número de puntos que en el menor segmento que pueda existir. La aporía está ya aquí presente. Lo que ocurrió después, tenía que suceder desde que comenzamos aceptando un principio básicamente contradictorio como es la posibilidad de una indefinida dicotomía del espacio y el tiempo para huir de cuyas contradicciones inevitables fue que Pitágoras formuló sus reservas sobre la existencia de los números irracionales.

Los problemas relativos al tiempo establecen una línea sin solución de continuidad que podemos trazar a través de todos los filósofos medievales incluyendo a Tomás y Anselmo, y a cualquiera que queramos citar, ya que la preocupación estaba involucrada en la finitud del tiempo humano frente al infinito tiempo de Dios. Llegamos así a Descartes -donde descubrimos al espacio y al tiempo asociados a un soporte material que condiciona sus estructuras- y a Newton, para quien un tiempo infinito y continuo y un espacio también infinito y continuo se mantienen inafectados frente a las vicisitudes de la materia del Universo. Y después a Hume y sus problemas sobre la causalidad y de aquí, directamente, a Kant y su definición del espacio y del tiempo como "categorías" que la razón exige para conocer o, como; él decía, "condiciones para toda experiencia posible". Aquí el movimiento centrípeto del pensamiento kantiano ha invertido los términos del problema y ha establecido un tiempo al revés del tiempo material tradicionalmente considerado como existente fuera del pensamiento humano; tendencia que vemos, dos siglos después, amplificarse en Bergson, para quien el tiempo tiene un origen puramente subjetivo. De nuevo, el tiempo se objetiviza: en el "holismo" de Smuts el tiempo adquiere la jerarquía que tiene, para la meditación de los otros filósofos, el espacio. El hombre, para los filósofos holistas, ha vivido siempre en el espacio y ha estado siempre angustiado por el tiempo. Smuts quiere fundar una filosofía en el tiempo que equivale a una alianza con el tradicional enemigo; y entonces el tiempo se multiplica en infinidad de tiempos y se deshace como una madeja inextinguible a medida que va generando los entes del Universo. Podemos, pues, ver aquí el antecedente para las recientes teorías del físico y astrónomo soviético Kosirev, para quien toda la energía, en la concepción científica moderna, es como una emanación del tiempo.

El Quinto Hombre  
 

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