EL TALA DE LUCERO

          Una serie del Profesor
Dr. Guillermo Alfredo Terrera

Estos relatos extrasensoriales son recopilados de la realidad y narrados por sus propios actores y testigos, en trabajos realizados en la Universidad Nacional de Córdoba. Los nombres de los protagonistas son reales y muchos de ellos aún viven.

Desde los más remotos tiempos, el árbol ha tenido enorme significación en la vida de los diferentes grupos humanos.

La simbología y luego la mitología que fueron originadas a través de la importancia del árbol, como factor decisivo en las creaciones mentales de los hombres, han dejado innumerables mitos, cuentos, leyendas, creencias y ceremonias que tuvieron como causa eficiente, el respeto y la admiración de los seres humanos, por ese silencioso y mitológico amigo que es el árbol.

EL TALA

Desde el camino de tierra que pasa frente a los alambrados del campo de don Fabiano Lucero, en las cercanías de Buey Muerto, localidad de la provincia de Córdoba, se distinguía con absoluta claridad un enorme árbol de Tala, de sombra verde y tupida que no es exageración afirmar que asemeja un verdadero techo en su contorno.

Con los años, sus hijos convertidos en hombres y mujeres ya adultos con obligaciones de trabajo y familia, lo fueron dejando solo, sin más compañía que la de su esposa, la de algunos animalitos que él cuidaba y la del silencioso Tala que era un hado protector, en la inmensidad de los pajonales.

Los hijos y los nietos, solo de vez en cuando, llegaban a pasar unos días al viejo rancho y el enorme árbol, se llenaba de risas y de cantos de otros tiempos.

Después, todo quedaba en silencio, solo alterado por el trino de las aves y el susurro de los dos ancianos, mientras conversaban bajo las ramas del enorme Tala.

El pajonal tupido y los cardales, habían cubierto hasta el patio del rancho de Fabiano Lucero y bajo el Tala, no quedaba más lugar limpio que el sitio, donde se sentaba el matrimonio a pasar las horas de calor más intenso.

Al empezar el mes de noviembre de 1971, la compañera de Fabiano Lucero se sintió mal, como ahogada, con un fuerte dolor sobre el pecho. Para desgracia de su esposo, falleció en el rancho que habían levantado juntos y contemplando al árbol de Tala que en esos días, estaba verde y hermoso como nunca.

Al quedar totalmente solo en su campo los hijos de Lucero se lo quisieron llevar, unos para Córdoba y otro para Buenos Aires, donde vivía y ganaba lo suficiente para darse buena vida.

Pero el anciano estaba echo a los sinsabores y a la paciencia de los campos y decidió irse a pasar algún tiempo, con un nieto suyo que trabajaba en la estancia de Las Rosas, en la provincia de Sta. Fe.

Era fines de febrero de 1972, ese día fue de un calor sofocante y don Fabiano Lucero, medio indispuesto se acostó en cuanto se hizo de noche.

Su nieto quiso llevarle de comer, pero el anciano no deseaba nada. Insistió el muchacho en darle alguna medicina o llevarlo en la camioneta al pueblo, para que lo viera un medico, pero don Fabiano solo quería que lo dejaran solo.

Un presentimiento lo abrumaba y le dijo a su cariñoso nieto, con voz cansada: Mira hijo, creo que de hoy, tu abuelo no pasa, tengo algo en la cabeza, como si me lo estuvieran anunciando.

En la madrugada, Lucero muy mal, lo llamó al nieto y cuando este penetro en su cuarto, lo encontró al abuelo semisentado en la cama y con los ojos abiertos.

El campo de Buey Muerto, muchacho, se prendió fuego, el Tala me lo ha avisado, una cosechadora largo chispas en el pajonal seco y se quemo todo.

El Tala, hijo, me aviso del incendio y de su muerte. El fuego lo quemo desde abajo y del rancho no ha quedado nada.

El nieto de Fabiano Lucero, creía que su abuelo había enloquecido. Como un árbol iba a mandarle un mensaje a través de 300 km. De distancia. Los arboles no hablan, musitaba el muchacho. Eso no era creíble, ni tampoco posible.

El anciano falleció del corazón y el muchacho, como era justo y razonable, aviso a todos los hijos de Lucero y a sus familiares. De la localidad de Las Rosas, lo llevaron a enterrar al cementerio de Buey Muerto, para que Fabiano Lucero, descansara al lado de su esposa.

Mientras procedían a enterrarlo, los vecinos del lugar que los acompañaban en tan triste ceremonia, comentaban del incendio de los campos resecos, donde hasta el Tala y el rancho de Lucero, habían sido arrasados por el fuego, que partió de las chispas de una cosechadora y prendieron el pajonal y los cardales que llegaban hasta el pie del Tala Sagrado y del humilde rancho del anciano muerto.

El nieto de Lucero no salía de su asombro y de su estupor, cómo pudo enterarse su abuelo de la quemazón del Tala y del rancho, si no era casualmente por el mensaje del viejo árbol protector, como su abuelo se lo había expresado antes de morir.

El Tala había enviado su mensaje energético, posiblemente mientras moría consumido por el fuego, a su amigo de toda la vida, el humilde y ejemplar Fabiano Lucero. La verdad cósmica es irreversible.                           

El Quinto Hombre  
 

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