LA ESENCIA DEL PROFETISMO

El gran filósofo Immanuel Kant, exactamente en el año 1800, formuló cuatro preguntas fundamentales en las que se contemplan los problemas más importantes del pensamiento filosófico:

¿Qué puedo conocer?
¿Qué debo hacer?
¿Qué me cabe esperar?
¿Qué es el hombre?


por Dr. Vicente Rubino
Argentina
vrubino@fibertel.com.ar

Cuando se interroga acerca de qué le cabe esperar al hombre, apunta al sentido más importante y fundamental de la problemática antropológica, que es la relación trascendente del hombre en su "religatio" con lo divino, es decir, apunta al fenómeno que llamamos religiosidad.
Lo religioso es un fenómeno universal de la humanidad., y en el cual se manifiesta la relación trascendente del ser humano. El hombre no puede comprenderse exclusivamente desde su dimensión mundana, sino que busca un último fundamento ontológico que pueda donar sentido a su existencia. De ahí que la religiosidad represente en la humanidad uno de los temas más originarios, y al mismo tiempo, más actuales del dilema existencial del hombre.
La relación trascendente debe entenderse como el estado o la condición del principio divino o del ser que se halla fuera de toda cosa, de toda experiencia humana, en cuanto experiencia de cosas, o del ser mismo.
La trascendencia de una instancia esencial en la existencia humana, que caracteriza todo nuestro mundo vivencial propiamente humano. En efecto, ese mundo se supera constantemente, apuntando más allá de sus límites. Es cierto que nuestro mundo es un mundo siempre limitado, pero jamás cerrado, jamás definitivamente establecido, sino un mundo por esencia de fronteras abiertas. Es limitado por cuanto nosotros nunca lo vivenciamos en toda su Magnitud, sino que sólo captamos fragmentos parciales de la realidad, y porque intensivamente tampoco aprehendemos nada de un modo completo, sino que lo entendemos siempre bajo aspectos sumamente delimitados.
Ahora bien, la exposición sistemática de la trascendencia, la expresa incorporación al movimiento trascendente ocurre, o ya ha ocurrido previamente, en la realización religiosa, por lo cual nos relacionamos explícitamente con Dios o con lo divino, saliendo de nosotros mismos o de nuestro mundo. Por tanto la cuestión filosófica acerca de la posibilidad de sistematizar la trascendencia supone ya la realidad de tal sistematización.
Lo religioso implica una relación explícita con Dios o, dicho de otro modo, una relación explícita con fuerzas y poderes de orden divino. En la historia del pensamiento se han dado diversas interpretaciones del tipo de esa relación y del fundamento y singularidad del fenómeno religioso.
Según la primera concepción, la esencia de la religión consistiría en el conocimiento racional de Dios. Lo esencial sería el conocimiento, y no la libre realización personal del reconocimiento y veneración, o del amor personal a Dios.
La segunda interpretación sobre la esencia de la religión se basa en la voluntad humana: la religión es cosa del querer y del obrar moral. En esta concepción se reduce lo religioso a un comportamiento ético, intramundano, dentro del orden de las relaciones sociales.
En estas dos concepciones no alcanzamos la esencia de la religiosidad, ya que no se comprenden los actos de específico contenido religioso. Entonces, si lo auténticamente religioso no consiste en el mero conocimiento intelectual ni tampoco en la voluntad y el obrar moral, debemos encontrar la religiosidad en otra dimensión, quizás en el sentimiento religioso como expresa Shleiermacher, filósofo del romanticismo. Esta postura ha recibido nuevo impulso en un autor como Rudolf Otto, quien, en los primeros años del siglo XX, describió con profundidad la verdadera esencia de la experiencia religiosa, creando el concepto de "Vivencia Numinosa", vivencia de terror y veneración, vivencia de lo Sagrado, el "Misterium Tremendum".
La vivencia del Misterium Tremendum es una descripción del Misterio Divino visto a través del alma conmovida por el hombre. Dios, como lo inaccesible al hombre -el Deus Absconditus- que inspira veneración y terror, constituye otra determinación esencial de lo Sagrado.
Carl Jung adhiere a este concepto, considera que los fenómenos religiosos son la expresión de una autentica y legítima función psíquica, y no un "epifenómeno" ni un proceso de sublimación.
Dentro de esta dimensión de la Vivencia Numinosa es donde entra, precisamente, la experiencia de la Revelación Profética. Se ha definido a la Profecía como una predicción hecha por inspiración de Dios, como un Don sobrenatural que consiste en conocer, por inspiración divina, las cosas distantes o futuras.

Tradicionalmente se puso acento en el prefijo "Pro", más, por el contrario, es más significativo el "Ver" o el "Decir". Lo anticipatorio de la profecía es, de alguna manera, algo probable, pero sólo probable: su evidencia no se halla necesariamente ligada al provenir.
La profecía tiene un valor propio, instantáneo, su decir no es un predecir: se da inmediatamente en el instante de la Palabra: la Visión y la Palabra son un descubrimiento, pero lo que manifiestan no es el provenir, sino lo absoluto.
La profecía es una categoría de la Revelación, y entre todos los intentos históricos de relacionar lo divino con lo humano, la experiencia tiene un valor propio, e implica, de una forma u otra, una relación entre la Eternidad y el Tiempo, un diálogo entre Dios y el hombre.
La profecía no se limita a descubrir la Voz Divina, o su silencio, o la manifestación de lo divino en la Naturaleza como expresara Goethe, ni siquiera es escuchar al mundo interior y sus sentimientos. La profecía no es la contemplación ni la plegaria, y supera el marco de una comunión personal. La experiencia profética trasciende al hombre para brindarse a los demás, lo que caracteriza a esta experiencia entre los demás modos de Revelación es precisamente que no se limita a la recepción, ni a la aceptación, ni a la interpretación: la profecía exige la transmisión.
El profeta participa de lo Trascendente, no sólo para comulgar con él en la intimidad, sino para compartir a su lado el esfuerzo por afrontar lo que está fuera de su orden. Así, son dos los actos conjugados que constituyen la Profecía: el de la Revelación y el de la Comunicación.
El verdadero profeta se considera sólo un mediador, un instrumento, y a través de él, lo Infinito intenta penetrar en lo Finito, la Eternidad se abre camino hacia el Tiempo. En la profecía se transforma un tiempo físico para entrar en la dimensión de un tiempo metafísico, lo Absoluto se entrega en términos Relativos: mediante la Profecía, el tiempo de Dios se refracta en los múltiples tiempos de la Historia.

En toda revelación profética tiene lugar un encuentro entre lo humano y lo sobrehumano, entre lo natural y lo sobrenatural. Este encuentro se realiza en el mundo bíblico a través de la Ruah, que los griegos llamaron Pneuma y los latinos Espíritu. La revelación profética es revelación de la Ruah: el profeta es un hombre del Espíritu. Leemos en Oseas, 9-7:
"¡El profeta es un necio,
un loco el hombre del espíritu!".

La Revelación abarca la Ruah y el Dabar, el Espíritu y la Palabra, pero le deja a cada uno su función propia: la Ruah introduce en el mundo a un Dios vivo, la Palabra de Dios realiza el universo histórico. En el mundo existe una presencia de Dios por medio de la Ruah, pero por medio de la Palabra, Dios coopera con el hombre y se encuentran en la Alianza: la profecía es el puente del diálogo entre Dios y el hombre.

El Quinto Hombre  
 

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