El mensaje de Krishnamurti: penetración y vivencia
VER EL PROPIO PELIGRO - Nota IV

La vida es la energía o INTENSIDAD -en constante movimiento y transformación- de TODO el infinito.


Por Jacobo Zaslavsky



Al sentirnos en temor, aislados o en soledad, estamos en tensión. El miedo es una presión interior. Y esta presiona (aprieta) el cerebro, o la memoria, y se forma un espejismo o espectro (algo así como cuando presionamos los ojos y la visión se divide en dos imágenes). Hay una partición, una separación.
Y emerge entonces otra imagen, un supuesto "observador", el "yo" que "observa" las imágenes, palabras mentales o la memoria misma ¡como algo separado de sí mismo!… el "yo" es un pensamiento partido, fraccionado en dos o más partes.
Y el "observador" ve que su duración es muy transitoria. No habiendo pensamientos no hay "yo", lo cual intensifica el temor al silencio o a la soledad y apresura la emisión continua de pensamientos, ilusionándonos con el "placer" de "sentirnos tranquilos" o "en paz".
Pero el hecho -es muy importante que veamos esto en nuestros cerebros- es que estamos luchando por reprimir lo que tenemos reflejado en el cerebro como la "otra" imagen.
No vemos que somos una lucha interior con dos puntas contra nosotros mismos, que somos el doctor, ya que nada puede cambiar por sí mismo, como no puede cambiar el agua agregándole más agua, ni el fuego con más fuego, pero sí se refuerzan… la continua emisión de pensamientos agudiza el esfuerzo y crea la violencia.
En el "observador" o "pensador", que "observa" -sin ver que somos uno de los extremos del mismo hecho- nos identificamos como "yo" o "nosotros", siendo lo observado (nuestra imagen interior) "el otro". A su vez en el "yo-nosotros" nos identificamos como "el bueno", resultando así que "el otro" es "el malo". No vemos que somos un triste compuesto, el penoso dúo de la violencia, que no hay "yo" sin "el otro", que el supuesto "enemigo", soy yo o nosotros mismos, y lo estamos creando, pensando en "él", o sea, dándonos conscientemente continuidad. Somos el conflicto, el problema, y nos alimentamos, nos valemos y creamos problemas con "el otro" para darnos continuidad… un conflicto necesita dos o más partes; de no existir "el otro" tampoco existiríamos nosotros, o cada "yo". Y siendo el conflicto, no podemos más que producir nuevos conflictos. Todas nuestras acciones están encaminadas inconscientemente, a provocarlos… en la paz, o en la atención, no seríamos nadie… y nos espanta ser nada.
De modo que la guerra nace ¡aquí!, ¡dentro nuestro!… la triste guerra somos nosotros mismos… el engaño del odio… el autoengaño de la perpetua lucha, donde el "yo" se engaña queriendo vencer al otro y logrando así la comodidad… y sólo obtenemos la continuidad del miedo, del odio, el dolor o la guerra, donde nunca ninguna parte vencerá a la "otra", ya que el "yo" no puede vencerse a sí mismo, como no puede apagarse el fuego con más fuego y, mediante la guerra, jamás se podrá estar en paz. La solución o terminación de un conflicto es el afecto donde ambas partes desaparecen y sólo queda el amor, pero no en el odio, donde están separadas y activas nunca habrá terminación y nadie jamás vencerá a nadie. (Mejor será que los "victoriosos" de hoy alberguen grandes esperanzas respecto a un final definitivo; ellos mismos insuflarán continuidad, harán resurgir al "enemigo"… por algo la guerra se compone de dos partes, la supuesta "victoria"… la inexorable frustración de un próximo conflicto en cierne… de la continuidad de odio nunca surgirá la paz...)
De este modo, nos hundimos en la noche del "tiempo" corriendo enloquecidos en la fascinación de continuar (hasta en el "más allá") mediante los pensamientos ininterrumpidos, donde vemos al "otro" como a un "enemigo" y nos destruimos y lo destruimos todo al paso de esta atropellada carrera, como un robot apocalíptico que corre en contra de las leyes de la creación, de la generosidad o del amor. Porque este engaño, este no ver de la incomprensión y su consiguiente embrujo infernal, desatan el caos mundial.
El conflicto interior del "yo-el otro", "bueno-malo", "ángel-demonio", "si-no", "pecador-puritano", etc. muy pronto se extiende a lo externo. Basta proyectar la mirada afuera.
Entonces la imagen del "otro", del "enemigo", se vuelve "Fulano, el inglés, el judío, negro, católico, ruso, musulmán, protestante, etc. y el miedo que siempre se estimula pensando que el "otro" nos quiere atacar, es nuestro propio impulso de agresividad. Siempre estamos pretextando la defensa, pero somos la violencia que se estimula para la agresión.
Y mientras buscamos nuevamente distraernos, "sentirnos en paz", "tranquilizarnos" o "llegar a ser algo" (importante) y escapar otra vez al hecho de violencia que somos, con otras evasiones -carnaval, espectáculos, bebida, sexo, drogas, negocios, política, poder, "caridad", psiquismo, fama, etc. millares de evasiones, una lista interminable, cuyo final es siempre la misma frustración y dolor de origen- la violencia se hace cada vez más agresiva e incontenible... ¡las armas empiezan a desenfundarse!…
De ahí, el siguiente es sólo un paso: represión, explotación, odio, persecución, crueldad, tortura, suicidio, crimen, ¡guerra!… ¡ahora la verdad está al descubierto! ¡esto es lo que somos, lo que está latente, se esconde y se engaña en cada uno de nosotros, en cada "yo" o ego! Detrás de los "elevados" pensamientos, "nobles" ideales o palabras de "paz", "amor", etc. Esto es el temor, la falta de acercamiento, de atención, calidez o inteligencia y la siguiente in-comprensión y escape. Somos un animal lleno de miedo y manejados inconscientemente por este mismo miedo o un grado de ilimitada peligrosidad, que escapamos espantados ante la eterna novedad de la vida -lo desconocido- y corremos enloquecidos tras la ilusión del placer o la continuidad irreal del ego. Y en esa ciega carrera somos capaces de la más inimaginable crueldad, odio, atropello, y brutalidad. Y al mismo tiempo, nos ilusionamos nuevamente, nos calificamos de "buenos", "generosos", "elevados", "espirituales", etc. ¡y predicamos la paz!…
Esta es nuestra débil y enferma estructura psicológica que nos maneja inconscientemente: el miedo, el impulso egoísta, agresivo, asesino, y ésta es la "seguridad" a la que nos lleva la ilusión placentera de la continuidad y a la que podemos aspirar o esperar de continuar el mismo proceso.
Precisamente en la memoria -creada para vigilar y eludir el peligro- hemos caído en el paralizante embrujo de la fascinación en el "yo", en el propio, más sutil y mayor de los engaños, el peligro del Ego, del odio, la maldad, la crueldad, el peligro que no ve su propio peligro y se supone benefactor. Pero todo egoísmo o apartamiento de la Totalidad lleva implícita la indiferencia, el odio, y la crueldad hacia lo "externo". Nadie nos expulsó del éxtasis del amor infinito y eterno, más que nuestra falta de madurez, o calor humano. Está a la vista a dónde conduce el "gusto" o "placer" de "querer ser yo mismo". El desastre no nació con la memoria factual sino con la psicológica, la súper-memoria o súper-yo que se cerró en la maligna fascinación personal y se apartó de la atención en la eterna novedad. Querer seguir siendo pasado o "yo", es falta de inteligencia. Y pese a que toda ilusión o egoísmo es su propio dolor o "castigo" (por cierto que el amor no castiga) para hacerlo tendría que detenerse, como nosotros en un punto fijo y juzgar; el hacerlo ya no sería amor), este "castigo", sutil pero terrible enfermedad, tristeza, embrujo o locura, requiere calor, comprensión o afecto. Un mal que, al parecer, arranca con la prehistoria del hombre, y luego, ha sido transmitido de generación en generación durante millones de años, mediante la grabación en el cerebro, como en los robots mecánicos, convirtiendo al hombre en un verdadero robot del miedo, un mal así, no termina con nuevos agregados, representaciones o egoísmos, que sólo lo agravarían aún más. La Vida es un veloz juego de pasión e inteligencia, que exige comunión y liberación de su hondo contenido. Está a la vista que podemos escaparle a la vida nueva, cerrarnos en el egoísmo y no liberar ninguna pasión. Sólo que, sin esa pasión -hágase lo que se haga- la vida es una infernal miseria y sufrimiento, sin el más mínimo sentido. Por no liberar pasión, los seres humanos estamos gravemente enfermos. De nuestros ojos desvaneció el brillo del amor, el fuego de la vida; hemos quedado reducidos a cenizas del pasado que no tienen ya ningún fuego en su interior.
Terminar no es continuar, la continuidad no puede terminar con ninguno de los problemas que hemos creado. Pensar ahora en la dirección opuesta, pensar en que "no debemos pensar", es seguir pensando, "prolongando" los pensamientos.
Nada podemos hacer. "Cualquier movimiento -cualquiera" dice Krishnamurti- que provenga del mismo centro no hará más que fortificarlo, fortificará el dolor.


Continua nota V

El Quinto Hombre  
 

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