VIAJE HACIA LA FELICIDAD - Nota II


Por Osvaldo Ricardo Noe - Argentina

 

Mientras la percepción objetiva describe lo formal, la subjetiva hace lo propio con lo esencial; en la primera el objeto determina los sentidos (los sentidos perciben lo que el objeto es) y en el segundo la mente determina el valor del objeto (el objeto es, como valor, lo que la sensibilidad siente respecto de él).
La mente, una vez hecha la necesaria evaluación de lo real, pasa a ejercitar su capacidad de opción, la que consiste en incorporar lo agradable (poseerlo, desenvolverse dentro de su ámbito) y evitar o rechazar lo desagradable (aquello que le resulta hostil o molesto). Lo indiferente es aquella realidad que no hace vibrar ninguna cuerda de la sensibilidad, o lo hace de una manera casi imperceptible, esta realidad existe para la mente casi exclusivamente en su aspecto formal.

Lo desagradable puede ser irreversible o poseer particularidades que lo hagan susceptible de cambio. Sobre esa realidad que presenta la posibilidad de ser transformada y cambiar de categoría, la mente habrá de proyectar si lo considera necesario su capacidad de raciocinio, buscando concretar esa transformación, este mecanismo interno da origen a la tecnología y la ciencia. La tecnología es fruto de la inteligencia y la razón, su objeto de servir a la sensibilidad como herramienta, que complemente su acción en busca de su adaptación al medio ambiente.
La función que cumple la percepción subjetiva no es la de producir la felicidad a través de la opción por lo agradable, sino simplemente la de procurar en combinación con la satisfacción de las necesidades vitales, el ámbito donde imperen las condiciones mínimas indispensables de seguridad y comodidad para la sensibilidad, que permitan a ésta desarrollarse plenamente. Sea cual fuere la forma que lo real adopte, la mente igual habrá de tomar posición frente a ella encontrando el ámbito favorable a sí misma. Por ejemplo: supongamos que una mente perciba las formas reales A, B y C como agradables y D, E y F como desagradables (estas formas son toda la realidad de que dispone). Obviamente buscará actuar dentro de los límites de A, B y C y evitará el contacto con D, E y F. Pero imaginemos que no existen las formas A, B y C; solo D, E y F, pues bien, buscará proyectarse de manera de calificar igual a esta única realidad (que en el otro caso era desagradable) en agradable, desagradable e indiferente, pues es la única realidad disponible. No poder juzgar la realidad ateniéndose a lo disponible implicaría un conocimiento previo de la realidad A, B y C y esto no es así, la mente sólo conoce a posteriori de la percepción; no existe el conocimiento innato. El ser posee los instrumentos para lograr la felicidad, solo necesita de lo exterior la apoyatura o base mínima que asegure su existencia y le permita desenvolverse en un medio ambiente agradable y desprovisto de hostilidad.

Vimos que lo primero lo obtiene satisfaciendo sus necesidades vitales y lo segundo desplegando las antenas de los sentidos.
La percepción objetiva lo ubica con respecto al entorno y la subjetiva le permite otorgarle un valor que acto seguido le permitirá optar por aquello afín a sus características.
Esta es la forma en que la mente se afirma, apoya sus pies en el suelo, una vez conseguido esto, ya está en condiciones de cumplir con su función que es generar en su interior el estado ideal del ser. Este estado ideal es una propiedad de la mente, fruto de su interioridad, su aparición en la consecuencia natural del funcionamiento normal de la misma. Su presencia se convoca fácil y espontáneamente, al simple conjuro de una existencia plena.
El mecanismo que permite al ser experimentar la felicidad está estructurado de manera tal que conseguirla debe ser una consecuencia directa y natural de la vida.

El funcionamiento normal del aparato perceptivo es suficiente para que se produzca en el interior del ser. Lograrla entonces, debe ser simple y fácil. Sin embargo no es así, su búsqueda es para el ser humano una tarea ardua y dolorosa, lo más difícil sin duda. ¿Por qué? Una búsqueda que se queda en eso, porque está destinada al fracaso final.
La pregunta sigue en pie, ¿por qué? Para entender esto se debe comprender que los estados anímicos (la felicidad es una síntesis de estados de ánimo positivos) tienen fundamentos bioquímicos, que estamos ante un proceso orgánico que no tiene con la realidad exterior otra relación que no sea de la constitución de las bases mínimas ya descriptas.
En el cerebro actúan compuestos químicos que tienen la facultad de generar por sí solos estados de ánimo de distinto signo (positivos o negativos). Por simple presencia producen, unos depresión, angustia, tedio, ansiedad y otros alegría, paz interior, euforia, placer.
Ambos grupos de compuestos son necesarios y útiles por igual, tal es así que el mejor estado de la mente es aquel donde los dos conservan un perfecto equilibrio; este supone un estado anímico neutro, que no es dolor ni placer, el mismo es quebrado en uno u otro sentido por la actitud vital del ser. Por ejemplo si éste actúa de manera tal que genera una mayoría de impresiones desagradables en la sensibilidad, ésta activará la secreción del grupo bioquímico negativo, quebrando el equilibrio cerebral y produciendo de esta forma un estado anímico que refleje su desajuste con la realidad propuesta y su desagrado con la actitud asumida por el mismo.
Si el caso es el opuesto actuará a la inversa favoreciendo los estados anímicos positivos; o sea que la acción vital del ser es el factor de desequilibrio frente a esta paridad de fuerzas cerebrales.
El equilibrio bioquímico es esencial porque permite al ser constituirse en árbitro de su estado anímico, en constructor de su felicidad. Si este equilibrio está quebrado, en uno u otro sentido, a priori de la acción de la voluntad, ese estado ideal del ser es imposible.

Supongamos que predominan antes de la acción vital los compuestos positivos, esto implicaría un estado de euforia casi irreal que llevaría al ser a descuidar sus dos contactos fundamentales con el mundo que son la satisfacción de las necesidades vitales y la opción por la realidad positiva, esta subestimación pondría en peligro su propia existencia. El caso sería igual al de aquel adicto que bajo los efectos del LSD se lanzó desde un alto edificio creyendo que podía volar; embriagado, pensó procurarse un bien sin saber que a la vez se suicidaba. El predominio de los compuestos positivos (el LSD del ejemplo) le hace pasar inadvertidos los peligros que encierran el contacto con el entorno establecido sobre bases falsas e ilusorias. Si en cambio predominan los compuestos negativos ocurre lo siguiente: la voluntad actuará en la forma correcta y sin embargo no podrá experimentar la felicidad porque este predominio orgánico mencionado bloqueará, debilitará y neutralizará la acción de los de signo opuesto generando un permanente estado anímico negativo donde están presentes de continuo el tedio, la ansiedad, la angustia y la depresión; sin que la acción vital pueda en ningún caso revertir el proceso.
La explicación de por qué el ser humano no puede ser feliz está en que su cerebro no tiene el equilibrio bioquímico ideal sino que está desequilibrado por naturaleza a favor de los componentes negativos.
Esto trae como consecuencia que ante la imposibilidad de concretar el proceso interior, la realidad exterior adquiera una importancia cada vez mayor, pues deja de ser circunstancial y complementaria para transformarse en esencial. El ser cumple la apoyatura externa pero ésta no genera en su interior la reacción esperada. Logra sólo un débil reflejo, porque es ahogada por la sobreabundancia de materia orgánica negativa; es entonces cuando se lanza a una continua y renovada persecución que obtiene siempre el mismo resultado, la insatisfacción, porque lo que debiera ser un estado permanente resulta un destello intenso e inapreciable.
Esta singular estructura cerebral, nos hace reflexionar y genera innumerables interrogantes. La naturaleza puso la angustia y la insatisfacción donde pudo hacer reinar la paz interior y la felicidad. ¿Por qué? Sus designios son misteriosos e impenetrables, pero a través del raciocinio se puede intentar una interpretación, aunque sea circunscripta a su alcance limitado.

La primera conclusión es que esta realidad no es casual, porque en la naturaleza nada lo es, detrás de cada causa hay un efecto preciso, un objetivo. No es casual que el murciélago tenga un perfecto sistema de radar y la jirafa un largo cuello; nada de casual tiene el perfume de las flores ni la astucia del zorro.
Además este mundo no es el mejor ni el peor de los mundos posibles, el poder que fue capaz de crearlo pudo adaptar para él infinitas formas distintas en cantidad y calidad, pero se decidió por una. La mano está bien así, también el corazón y los ojos, pero bien pudieron ser distintos, es el misterioso designio de que hablábamos.
En cuanto a las posibilidades del ser para conseguir su plenitud, pareciera como vimos que todo está armado en su contra. ¿Maldad, casualidad, error? El poder creador está más allá del bien, del mal y del error y nada de lo que realiza es casual. Entonces el desequilibrio bioquímico del cerebro tiene una intención y ésta deberá surgir del análisis de las consecuencias que el mismo produce.
El predominio de las sustancias negativas, a priori de la acción vital del ser, de hecho hace imposible experimentar la felicidad, esto significa un estado de permanente insatisfacción, característica fundamental del ser humano; el consiguiente desajuste con la realidad lleva a un progresivo agudizamiento del ingenio creativo que gestará la ciencia y la técnica. En su poder transformador de la realidad exterior cifra el ser humano las esperanzas de lograr una vida que lo satisfaga, una vida feliz.
Esto forma parte de la instintiva búsqueda de una realidad agradable a su sensibilidad, pero esta, impregnada de humores irritantes, nunca podrá volcar la balanza hacia su estado ideal, provocando éste renovados intentos.
El cada vez más acelerado desarrollo de la ciencia y la tecnología humanas, es la respuesta de la inteligencia sometida al permanente hostigamiento de la frustración de su instinto de felicidad.
Esta insatisfacción es la consecuencia de su singular estructura orgánica y por lo tanto, el efecto buscado por la naturaleza, que lo diseñó de esta manera. El desequilibrio bioquímico cerebral es el medio para lograr un fin: el desarrollo total de las posibilidades creadoras de la inteligencia humana. La mente estructurada de esta manera sumerge al ser en un estado de angustia que éste es incapaz de superar, esta situación lo impulsa a dominar y transformar lo externo, buscando allí lo que no germina en su interior. El ser humano es en realidad un ser tecnológico, con una mitad de naturaleza otorgada y otra a construir por sí mismo, es una mitad que debe completarse en sí misma.
Este compulsivo mecanismo mental lleva en sí mismo la simiente de su desaparición, porque simultáneamente con el nivel científico apetecido por la naturaleza, el ser alcanzará a comprender la inutilidad de su búsqueda exterior y utilizará su avanzada tecnología sobre sí mismo, atacando las causas mismas de su permanente frustración. Esto es, usará su ingenio, ya para entonces suficientemente sofisticado para lo que en realidad fue creado, para desactivar y desmantelar el mecanismo mental que le impide alcanzar la plenitud vital. Restaurará el equilibrio bioquímico cerebral.
Cuando esto suceda, cuando la filosa espada tecnológica corte este verdadero nudo gordiano, habrá empezado una nueva era, en un todo distinta a las anteriores, sólo entonces la vida humana despojada de su absurda condición anterior, habrá hecho su aparición en el universo.

Síntesis.

La felicidad es el valor máximo de la vida, la más grande aspiración del ser. Para lograrla se necesita la concurrencia de múltiples factores: tradicionalmente se sostiene que el más importante y decisivo es el medio ambiente, el entorno o mundo exterior. Yo pienso que no es así; lo externo es importante pero secundario, nunca es determinante de la felicidad.
El medio ambiente es sólo una base de apoyo para el ser. Esta base de apoyo externo es necesaria para la satisfacción de las necesidades vitales y para la búsqueda de un ambiente agradable a la sensibilidad. Lo primero asegura la supervivencia y lo segundo un ámbito favorable para la misma; esto último siempre se concreta, porque la mente se maneja con lo mejor que ofrece la realidad disponible. Sobre esta base mínima, el cerebro produce el estado ideal, o sea la felicidad que es de naturaleza puramente orgánica.
Compuestos bioquímicos son los encargados de producir, al impregnar ciertas áreas cerebrales, estados de ánimo, positivos unos, negativos otros. El funcionamiento ideal de este complejo mecanismo exige un equilibrio total de estos compuestos de distinto signo. Sobre esta paridad, la acción vital del ser (al satisfacer las necesidades vitales y desarrollarse dentro de un ámbito afín a sí mismo) habrá de ser el árbitro que incline la balanza hacia el predominio de los compuestos positivos.
Pero este equilibrio químico no existe, por naturaleza, en el cerebro predominan los compuestos negativos, esto hace que la acción vital del ser siempre resulte insuficiente, que éste renueve continuamente sus esfuerzos sin éxito. Esta es la base del desarrollo cada vez más acelerado de la ciencia y la técnica. O sea que el desequilibrio bioquímico cerebral sirve a la naturaleza como un medio para lograr el desarrollo total de las posibilidades creadoras de la inteligencia humana. Precisamente en este desarrollo total del ingenio y sus frutos (una tecnología y ciencia acordes) encontrará el ser humano la salida para la trampa bioquímica que le impide alcanzar la felicidad, porque llegado el momento aplicará esta técnica sobre sí mismo y establecerá la armonía química de la mente. Entonces, sólo entonces, estarán dadas las condiciones para hacer las paces con el mundo. Será por fin feliz.

El Quinto Hombre  
 

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