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UN RELATO OVNI
SUCEDIÓ UN VERANO

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Por Diego Arandojo
info@arandojo.com.ar

ESTE RELATO DE NUESTRO COLABORADOR DIEGO ARANDOJO, QUE ALGUNOS LECTORES PUEDEN CONSIDERAR COMO FICCIÓN (O NO) MUESTRA CLARAMENTE LAS SECUELAS PSICOLOGICAS QUE DEJAN EN LOS TESTIGOS LOS NUMEROSOS CASOS DE ABDUCCIONES REGISTRADOS EN TODO EL MUNDO, PARA LOS CUALES LOS ESPECIALISTAS NO TIENEN AUN EXPLICACIÓN…




Febrero de 1969. 

Marcos tenía fobia a las estrellas. Le era imposible observar los cielos, dejarse llevar por la belleza de los astros que durante tiempo inmemorial custodian a la humanidad.

Tenía 41 años, estado atlético, trabajaba como empleado público sin sobresalir. Era uno de tantos miles de hombres que todas las mañanas se levantaban para construir la patria, en silencio y con honradez.

La cuestión fóbica no había surgido de la infancia, como tantas otras enfermedades que atosigan el espíritu y la mente. El inicio de esta afección se dio de forma reciente. En las vacaciones del año 1968.

Regresaba en automóvil junto a su novia Andrea, desde la ciudad de Rosario en dirección a la ciudad de Buenos Aires. Era una noche pesada. El calor parecía derretir a aquel vehículo que recorría la carretera.

Marcos conducía con serenidad. La joven a su lado se dejó vencer por el cansancio. Se acurrucó contra la ventanilla y bostezó. El hombre la observó con ternura. La semana próxima iba a pedirle la mano.

El viaje proseguía sin contratiempos. A pesar de la imperante oscuridad, únicamente interrumpida por algún camión de carga, la visibilidad era bastante buena.

A las 2:30 de la madrugada comenzaron los síntomas. Marcos sintió un extraño calor en la nuca. Luego vino un tibio mareo. Lo adjudicó al asiento. Intentó rectificar su postura sin perder el control del volante. Poco después de cruzar un puente y retomar la ruta, el conductor sintió los oídos como “tapados”, sensación similar a cuando se incrementa la altitud.

Andrea seguía dormida. Marcos dudó en despertarla; finalmente optó por no hacerlo y más bien hallar un hotel para descansar y proseguir al otro día el viaje. Le quedaban todavía dos días más de vacaciones.
                                            
                    

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El calor en la nuca –que subió hacia la parte posterior de la cabeza– y la audición reducida aumentaron hasta irritar sobremanera a Marcos. Tenía las palmas de las manos transpiradas. Se desabrochó un poco la camisa y bajó un poco la ventanilla. Fue en ese preciso momento en que sucedió lo inesperado.

Según su propio relato: “el coche se detuvo como suspendido en el aire. La molestia que tenía en las orejas, en los oídos, aumentó tanto que casi no podía escuchar nada. Presioné el acelerador pero el auto seguía paralizado y después comenzaron las luces a aparecer. Era como si llovieran luces chiquitas, diminutas, por todos lados. Lo peor fue cuando descubrí que mi novia no estaba a mi lado. La puerta del lado del acompañante estaba abierta. Algo, alguien, se la llevó. Después ese calor en la cabeza pareció explotarme, estrangularme. Perdí el conocimiento”.

Cuando la “sordera” cedió, Marcos López, de 41 años, ciudadano ordinario y sin una imaginación cultivada ni por la ovnilogía ni por la ciencia ficción, se hallaba desnudo en medio de la ruta, a unos tres kilómetros de su automóvil.

A pesar del acuciante calor del verano, el hombre temblaba y su piel exhibía un color similar al de haber sufrido bajas temperaturas. Mascullaba palabras incomprensibles cuando fue encontrado por la policía, alertada por un viajero que se detuvo para brindar ayuda.

***
La pericia forense determinó que Andrea Díaz, de 38 años, hallada sin vida dentro del vehículo conducido por López, falleció a causa de un derrame cerebral.

Las marcas triangulares descubiertas en los pies de la joven –que el novio denunció como la “evidencia del secuestro; los signos evidentes del rapto” – fueron desestimadas.

La tragedia sumió a Marcos en una fuerte depresión. Sufría terrores nocturnos regularmente; extrañas y macabras fantasías lo atosigaban al borde del colapso. Soñaba una y otra vez con la lluvia de luces, con Andrea siendo llevada a una gigantesca esfera lumínica, de la cual brotaban unos “seres” o “cosas alargadas”.

Con la ayuda psiquiátrica pertinente, el hombre pudo salir adelante. La medicación también aportó un grano de arena en este delicado camino hacia la recomposición.

grises.jpgEn febrero de 1969, a un año de sucedido el misterioso incidente, Marcos López comenzó a realizar una investigación propia. La distancia del hecho le daba margen para mantenerse firme, coherente.
                                  
Para él se trataba de un asunto de honor. El amor por aquella mujer a la que tanto amó justificaba la búsqueda de la verdad.

Los interrogantes eran muchos, al igual que los obstáculos: fobia a las estrellas, temor a conducir, miedo a la noche en sí misma, no como período del día, sino como espacio de desprotección.

Cuando todo parecía venírsele encima, Marcos cerraba los ojos, apretaba con fuerza los puños. Buceaba en sus recuerdos hasta encontrar la imagen de Andrea sonriéndole. Aquel era el combustible que lo mantenía vivo. Alerta.



Por Diego Arandojo
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