EL ADIOS A UN GRANDE DE LA ANTROPOLOGIA

Nota de la FUNDACION DESDE AMERICA
Directores ANA MARIA LLAMAZARES Y CARLOS MARTINEZ SARASOLA


Alberto Rex González (1918-2012)
Con Alberto Rex González se va, sin duda, uno de los “grandes” de la Antropología argentina y americana.

Una rápida mirada sobre su brillante y vasta trayectoria nos permite recordar que se graduó como Médico y luego como Doctor en Antropología por la Universidad de Columbia. Que fue Profesor de las Universidades Nacionales del Litoral, Córdoba, La Plata y visitante en Harvard. Profesor honorario y doctor honoris causa de otras varias Casas de Altos Estudios. Autor de centenares de artículos y de varios libros ya clásicos. Entre sus investigaciones se destacan aquellas relacionadas con las culturas del NOA, especialmente la de la Aguada, a la cual definió y describió, sentando las bases de la periodización de la región. Integrante de la expedición franco-argentina a Nubia (Sudán). Consultor de la UNESCO para la preservación de monumentos en Perú y Bolivia. Miembro del Directorio del CONICET. Director Nacional de Antropología. Director del Museo Etnográfico de la UBA. Miembro de las Academias Nacionales de Bellas Artes y de Ciencias; del Instituto alemán de Arqueología. Distinguido con el Premio Nacional de Ciencias y el Premio 50 Aniversario de la Society for American Archaeology.... Podríamos seguir, pero el listado de obras, cargos y distinciones es interminable.

Con Rex se va también toda una época de la Antropología y la Arqueología a nivel mundial. El perteneció a una generación de investigadores que señalaron buena parte del camino. Solía en las reuniones hacernos disfrutar de un anecdotario riquísimo donde figuras como Julian Steward, Junius Bird, Gerardo Reichel-Domatoff, Alfred Metraux y tantísimas otras “vacas sagradas” de la profesión aparecían para él como  compañeros cotidianos de aventuras y búsquedas entre los intersticios inescrutables de la vida.

Pero Rex tuvo un plus, porque su extraordinaria inteligencia y sabiduría las acompañó siempre con una actitud ejemplar de humildad, disposición y afecto. Y esto también forma parte de su mensaje hacia todos aquellos que trabajamos inmersos en las culturas originarias, como para no olvidar que aquellos valores forman parte esencial del legado humano.

Somos testigos directos y protagonistas de esto que decimos. Siempre apoyó y hasta dirigió nuestros proyectos, leyó los manuscritos, los criticó con sumo respeto, los corrigió y también, cuando la ocasión lo ameritó, nos hizo el honor de prologarlos. Ante el ofrecimiento de alguna cátedra o alguna conferencia acerca de un tema particular solía decir “esto no es para mi, los especialistas son ustedes…” y entonces, le sugería a quien correspondiera alguno de nuestros nombres.
     
Un trabajador infatigable, un apasionado absoluto de su arqueología y de los misterios que encerraba cada una de las culturas a las que tuvo la posibilidad de investigar también tuvo un espacio generoso para las reivindicaciones históricas de los pueblos originarios, como que fue un precursor en exigir a los museos la restitución de los restos humanos pertenecientes a las comunidades actuales.

No sólo tiene méritos científicos inmensos, como su innovación en las técnicas de investigación arqueológicas o que fuera un pionero en Sudamérica en la utilización del fechado con el método del Carbono 14, sino que introdujo en forma sistemática la olvidada dimensión del arte en los estudios arqueológicos. Los temas que siempre tuvo entre manos lo pusieron en contacto con piezas y materiales excepcionales que su obra ayudó a rescatar del olvido, como las famosas tallas de piedras llamada “suplicantes” o los discos metálicos labrados de la cultura de La Aguada, objetos que ahora integran la galería de “obras maestras” del arte precolombino argentino.

También merece destacarse su preocupación por difundir los conocimientos científicos más allá de los límites estrictos de las comunidades académicas. En este sentido recordemos su participación en la organización y promoción de numerosas exposiciones públicas, los catálogos que ha prologado, su vinculación con importantes coleccionistas particulares que de un modo u otro ha redundado en la conservación de ese patrimonio dentro del país, así como su apoyo y estímulo a músicos y poetas que han dado una mayor proyección social a los temas de nuestro pasado precolombino.

Su búsqueda por revalorizar las expresiones artísticas de las culturas indígenas, se entrelazó también con la preocupación por el rescate concreto y la protección del patrimonio arqueológico. Y en esta casi militancia, que no dejó de lado la lucha por los derechos humanos, también lo animaba la convicción de que esta tarea coadyuva a la configuración del sentimiento de identidad cultural.

Pero debemos destacar que más allá de sus méritos como antropólogo y arqueólogo, la motivación de González siempre tuvo una proyección filosófica y humanista, que su inquietud más profunda estaba dirigida a comprender la universalidad del fenómeno humano y su impulso evolutivo.   

Así, González nos muestra un camino que si bien está francamente jugado desde el campo científico-académico, se sostuvo permanentemente inspirado por emociones e inquietudes que lo nutrieron desde los terrenos del arte y de la filosofía. Podríamos hasta decir que él encarnó en su persona uno de los dramas contemporáneos que más nos aqueja: la necesidad de reunir lo que ha sido fragmentado, la búsqueda incesante por integrar el pensar y el sentir, la racionalidad y la sensibilidad.

En verdad, podríamos seguir escribiendo horas y páginas acerca de Rex, sobre sus aportes, contribuciones  y originalidades, pero tal vez sea mejor evocar su voz a través de sus propias palabras, escritas hace más de catorce años en su mesa de trabajo al borde mismo de las excavaciones en el Valle de Catamarca:

Estoy más que agradecido a la disciplina que cultivé toda mi vida. Ella me hizo vivir en un mundo de esperanza y asombro, con el afán siempre renovado de la investigación, con el atractivo de sus incógnitas, nunca resueltas del todo, o resolviéndose mediante el planteo de nuevos problemas, en un sinfín interminable de fascinantes enigmas”

“Nunca lo he dudado y lo he repetido, si tuviera oportunidad de escoger de nuevo mi vida, si volviera a nacer, volvería a ser arqueólogo. He tenido muchas amarguras, paralelamente he recibido más homenajes que todos los investigadores de la generación que me precedió y hubo muchos entre ellos con más méritos de los que yo pueda ostentar. Lo único que puedo decir es que en ningún caso busqué esos honores; ni siquiera los sugerí; jamás el más mínimo gesto o labor mía fue realizado pensando en retribuciones honoríficas. Siempre actué respondiendo a mi propio impulso o deseo y por el placer que me brindaban los resultados de mi propia labor. He gozado de las cosas sencillas de la vida y he amado con intensidad. La vida me dio la compañera más extraordinaria que pudo brindarme y juntos transcurrimos la mayor parte de nuestra existencia. Estoy en paz y agradecido por lo que tuve y lo que pude hacer, lo que pude comprender y el insondable misterio nunca resuelto que rodea el existir, llego en paz y conforme a los límites de mi destino, compuesto, como en todos los humanos, de una dosis de azar en juego con la fuerza de la propia voluntad y el deseo de hacer lo que uno cree correcto y verdadero”             

Una vez más, gracias, maestro Rex González

 

Ana María Llamazares
Carlos Martínez Sarasola

Bueno Aires, 31 de marzo de 2012

 
 

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