EN BUSCA DEL PAITITI:
EL VIAJE ESPIRITUAL DE GEORGE HUNT WILLIAMSON

Por YURI LEVERATTO
(Gentileza www.yurileveratto.com)

 

     

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A comienzos de 1957, el médium y antropólogo estadounidense de origen serbio George Hunt Williamson (1926-1986) se encontraba en Lima, donde conoció al esotérico Daniel Ruzo (1900-1991), gran estudioso de Marcahuasi, el altiplano situado a 4000 msnm, reconocido como el centro magnético y gravitacional del planeta.

¿Quién era en realidad George Hunt  Williamson?


Aunque su principal interés era la actividad de contacto extra-sensorial con “inteligencias superiores”, se distinguió también como antropólogo, explorador y fundador de la paleo-astronáutica, o bien, la disciplina que analiza la posibilidad de que en el pasado haya habido visitas de extraterrestres en nuestro planeta.

En mi opinión, G. H. Williamson puede ser considerado un médium, teniendo en cuenta también su actividad ascética y espiritual en algunos monasterios situados en los Andes durante los últimos veinte años de su vida.

Los dos estudiosos se entendieron de inmediato, con seguridad había una percepción de fondo que los unía, o bien, la consciencia de que antes del diluvio universal (10.000 a.C.) se había desarrollado una gran civilización megalítica en todo el planeta (ver mi artículo sobre las civilizaciones antediluvianas).

Esta civilización mundial tenía sus centros de conocimiento, en Suramérica, en las ciudades megalíticas de Tiwanaku, Sacsayhuamán y Marcahuasi.

Durante el viaje a Marcahuasi, a  G.H. Williamson lo impactaron las fantásticas estatuas antropomorfas y sintió el característico sonido de fondo, definible como un zumbido, que se siente también en otros lugares magnéticos de Suramérica, como por ejemplo en la enigmática Sierra del Roncador (visitada, en un peregrinaje espiritual, en los primeros años del siglo XXI, por Neil Armstrong, el primer hombre que pisó la Luna).

             

petroglifos pusharo.jpg

G. H. Williamson continuó su viaje de descubrimiento y estudio viajando a Cusco, la antigua capital de los Incas. Su objetivo era arrojar luz sobre la posibilidad de que culturas pre-incaicas hayan utilizado la escritura.

Durante los años 50 del siglo pasado se pensaba que los Incas y sus predecesores no conocían la escritura. En efecto, en los últimos años del siglo XX, se demostró que eso no es del todo cierto: en la región andina, de hecho, se había difundido (sólo en restringidos círculos de élites sacerdotales) un tipo de escritura pictográfica llamado quellca, que fue hallado en algunos objetos de enorme valor arqueológico como la Fuente Magna, el monolito de Pokotia y la piedra   de Oruro.

G. H. Williamson supo por algunos jefes espirituales quechuas que en la selva de Madre de Dios había una inmensa roca con extraños petroglifos que, según algunos, representaban una forma arcaica de escritura. Se trataba de los bellísimos petroglifos de Pusharo, que el Padre Vicente de Cenitagoya dio a conocer al mundo en 1921. Los petroglifos, descritos nuevamente por el investigador Jorge Althaus de Cusco en 1953, y estudiados a fondo por Harmut Winkler en 1957, no han sido todavía completamente descifrados.

Si bien muchos aventureros los reconocieron como un posible mapa que guiaría “al hombre puro de corazón” hacia el Paititi, en mi opinión son la representación simbólica de una especie de “demarcación territorial’’ que antepasados de los Arawak tallaron, alrededor del sexto milenio antes de Cristo, en su camino hacia el altiplano andino.

G. H. Williamson viajó hasta el actual pueblito de Shintuya junto a su amigo Miguel Acosta de Ayaviri.

El 10 de julio de 1957 los dos viajeros llegaron a Pusharo, junto a dos guías Matsiguenkas. No sabemos cuáles fueron las conclusiones de G. H. Williamson sobre los enigmáticos petroglifos de Pusharo, pero lo cierto es que él sintió algo especial en aquellos valles remotos.

Los guías Matsiguenkas le advirtieron al médium estadounidense que era muy peligroso adentrarse en el estrecho valle más allá de los petroglifos, ya que, según ellos, estaba habitado por los belicosos Kuga-Pacoris, fortísimos nativos de unos dos metros de altura, conocidos como “los guardianes del Paititi”.

G. H. Williamson era una persona sensata y decidió no continuar, probablemente porque se dio cuenta de que un misterio tan maravilloso como el Paititi sería revelado de manera natural y sin ser forzado, sólo a su debido tiempo.
En cambio, otros exploradores, como el estadounidense Robert Nichols y los franceses Serge Debru y George Puel, quienes decidieron avanzar más allá de Pusharo sin la ayuda de guías Matsiguenkas en 1970, fueron de hecho muertos por los Kuga Pacoris, justamente porque violaron, sin autorización, un territorio sagrado, ancestral y mágico.

                    
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G. H. Williamson se propuso regresar a buscar el Paititi en el curso de su existencia, quizás no de manera física, o bien, sin pretender viajar allí con el cuerpo, sino más bien intentando percibir su esencia con la mente.

En efecto, el viaje personal de G. H. Williamson en busca del Paititi no terminó con su regreso a Cusco.

En realidad, para el esotérico estadounidense, aquella fecha, aquel 10 de julio de 1957, fue sólo el comienzo de un largo viaje espiritual que lo llevó a buscarse a sí mismo y a la verdadera naturaleza del ser humano.

La búsqueda esotérica y arqueológica de G. H. Williamson continuó en Europa, al año siguiente. En 1958 se encontró, en efecto, con el estudioso italiano Costantino Cattoi, quien había documentado a fondo la antigua ciudad etrusca de Capena; la arcaica Cosa, en la Ansedonia y el sitio de Lilibeo (actual Marsala, en Sicilia).

Los dos estudiosos concordaron en el hecho de que la antigua civilización megalítica antediluviana se había desarrollado en todo el planeta y, particularmente, del Medio Oriente hasta el altiplano andino. La observación y el estudio de las antiguas ciudades tirrenas, sardas y pelásgicas, comparadas con las ciudades megalíticas andinas ya mencionadas, y la constatación de que en esos sitios arqueológicos se percibe (incluso con instrumentos científicos) una elevada actividad magnética, justamente como en Marcahuasi, llevó a los dos investigadores a la conclusión de que la civilización tirreno-pelásgica-sarda tenía que haber estado relacionada con la civilización megalítica americana que se desarrolló posteriormente al diluvio.

A continuación se evidencia cómo G.H. Williamson explica los descubrimientos de Costantino Cattoi en su libro “Road in the Sky”:
Recientemente recibí unas cartas de Roma que encierran una inmensa importancia en relación con los descubrimientos de Marcahuasi. El profesor Costantino Cattoi y su esposa, María Mataloni Cattoi, ambos investigadores, científicos y arqueólogos, dicen haber descubierto en algunas zonas una extraña concentración subterránea de energía electro-magnética. Además, ellos descubrieron que, donde existe tal energía, se encuentran figuras gigantescas parecidas a las de Marcahuasi. Él estudió y fotografió cientos de figuras semejantes durante más de 40 años y descubrió leones, dragones e incluso cíclopes. De nuevo nos acordamos de Marcahuasi y de la raza de los antepasados al sur del lago Titicaca.

De regreso a los Estados Unidos, G.H. Williamson inició uno de los períodos más intensos de su vida en cuanto a la investigación arqueológica y espiritual.

Tuvo contacto con H. L. Cayce, el hijo de Edgar Cayce, del cual recibió algunos documentos reservados del gran médium que se referían al pasado oculto de los primeros pueblos de Suramérica y de sus relaciones con otros pueblos de la Tierra. Viajó luego a Japón, donde estudió a fondo la cultura Jomon, y al Yucatán, donde estudió la cultura Maya y documentó recintos ceremoniales subterráneos en el sitio de Loltun (la llamada caverna de la flor de piedra). En 1962, G. H. Williamson y el profesor Vicente Vásquez descubrieron la caverna de Kukikan, donde fueron encontradas evidencias de contactos entre los antepasado de los Mayas y los pueblos indígenas del Sudeste de los actuales Estados Unidos.

Fue entonces cuando G.H. Williamson cambió su nombre a Michael D’Obrenovic Obilic Von Lazar (nombre de su familia de origen, uno de los linajes reales serbios del siglo XIX) y comenzó a frecuentar un monasterio situado en un remoto valle en los Andes, al norte del lago Titicaca.

Regresó varias veces a Estados Unidos y continuó con su actividad de investigador, estudioso de antiguas culturas antediluvianas y contactista. Se ha especulado mucho sobre los últimos años de vida de G. H. Williamson y los motivos que lo llevaron a aislarse en las montañas andinas, adoptando un estilo de vida casi ascético, en el que se dedicaba al contacto con “inteligencias superiores” por medio de “canalización vocal de naturaleza telepática” (de su libro “Secret of the Andes” *).


         
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Probablemente, su viaje a los petroglifos de Pusharo lo había impactado mucho. G.H. Williamson estaba convencido de que algunas de estas “inteligencias superiores” con las cuales había tenido contactos telepáticos, denominadas en español “la hermandad blanca”, se habían refugiado en Paititi, tanto para transmitir las tradiciones antiguas como para defenderlo de eventuales ataques de intrusos.

Para G. H. Williamson el Paititi era mucho más que un lugar físico. Además, era consciente del hecho de que sólo cuando los tiempos hayan madurado y sean los adecuados, el hombre podrá conocer plenamente cada uno de sus más ocultos secretos.

G. H. Williamson estaba, además plenamente convencido de que nuestra civilización actual se había desarrollado muy mal y que sólo después de innumerables tragedias e innombrables sufrimientos se podrá regresar a aquella edad de oro, donde reinará el equilibrio entre los seres humanos y los otros seres vivientes presentes en el planeta Tierra.
© Imágenes: Yuri Leveratto

  • Edición en castellano “El secreto de los Andes, Editorial Kier, Buenos Aires.-



Por YURI LEVERATTO
(Gentileza www.yurileveratto.com)

 
 

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