El Papa, el Emperador y el Dalai Lama
 
Los embajadores del Infinito
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Por Fosco Maraini* (1912-2004)
Selección y traducción de José María Kokubu Munzón
Fuente: http://j-key.com.ar


Hoy los invito a disfrutar un exquisito texto de Fosco Maraini, que seleccioné y traduje
para regalarles en esta ocasión, tan especial para los argentinos de todos los credos. 
Con su singular conocimiento práctico de oriente y occidente y su fino instinto para tender puentes entre culturas distintas, el autor italiano deja vislumbrar la base antropológica común sobre la que,
a lo largo de los siglos, se sigue construyendo el liderazgo espiritual, tan importante para la unión,
la paz y el bienestar de los pueblos. En el mundo multipolar y globalizado de hoy, comprender ese común denominador, recurrente en las distintas culturas, es un factor de éxito para los líderes de cualquier ámbito de actividad humana. 


José María Kokubu Munzón

Director regional

Programa de Cooperación Internacional J-KEY


                      
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Hay tres hombres en el mundo que se encuentran en una posición del todo extraordinaria, que representan para pueblos enteros el puente milagroso entre lo visible y lo invisible, la unión mística entre los impulsos más profundos de nuestro corazón y el parpadeo de las estrellas en la noche; tres hombres en quienes convergen y se concilian el misterio y la verdad, lo tangible y lo que está más allá de la materia; tres vértices en donde resplandecen repentinamente el significado de la vida y de las cosas, la razón del dolor, el sentido del pasado más remoto y del último futuro, de la juventud y de la muerte, del bien y del mal, de lo sagrado, de lo justo, de la nobleza moral, del honor, de todo lo que da estilo y belleza a la existencia terrena; tres focos por donde el cielo desciende sobre la tierra y la tierra se abisma en el cielo; tres embajadores del absoluto en el reino de lo contingente y lo relativo; tres piedras angulares en las que el exocosmos y el endocosmos cierran el arco del Todo; tres hombres, al fin, bajo cuya guía, nuestra eterna y apremiante necesidad de poseer la solución del enigma que nos plantea el mundo culmina en la cresta de una ola gigantesca de generaciones, de pueblos vivientes y fenecidos, entre sueños y gritos de profetas y de místicos, con las meditaciones y los silogismos de teólogos y filósofos, junto a los sagrados júbilos de los artistas y de los poetas, deviniendo institución, sociedad, dinastía, ley positiva, título, ceremonia, rito, culto, liturgia, código, palacio, ministerio, precedencias, oficio, biblioteca, tribunal, noticia, nómina, ficha, uniforme, saludo, tocado, gesto, botón, las más grandes y las más insignificantes cosas, al mismo tiempo seculares y cotidianas. Ellos son el Papa (“el Padre”) en Roma, el Dalai Lama (“Maestro Océano”) en Lhasa, el Tenno (“Rey Celeste”) en Tokyo (1).

 

El Papa está en relación con el absoluto por representación y vicariato, el Dalai Lama por encarnación y presencia corpórea, el Tenno por descendencia y virtud consanguínea. En el primer caso, el Absoluto tiene el nombre de Cristo (“el Ungido”, nombre implícito del Señor); en el segundo es el bodhisattva Avalokitesvara (la “Completa Iluminación que mira hacia abajo”, o sea el Iluminado Benevolente); en el último se llama Amaterasu-Omikami (“la Gran Diosa en el Cielo Resplandeciente”, el Sol). Tres progenies, entonces, especiales y asociadas con el alma del mundo. Tres gloriosas voces en las que se expresan, con la inefable fascinación de la persona humana, las visiones del misterioso terrible y divino todo, generadas por enteras civilizaciones. Son tres ejes, tres pivotes, tres joyas alrededor de las cuales gira la relojería del universo. El Papa salvaguarda el drama cósmico occidental: creación, caída, redención, juicio; Adán, María, Cristo, la Crucifixión, la Gloria; el mundo como culpa, castigo, pena, pero también como amor y esperanza. El Dalai encarna la visión metafísica de Asia, la catedral de una jungla de columnas y transeptos que surgió en los milenios, alrededor de las intuiciones originales sobre la verdad del dolor, sobre la pluralidad de las vidas por las que se despliega el destino humano, en torno al duelo durísimo que se libra en el corazón entre la fascinación del samsara y el sueño de su dominio, que es después la iluminación, la reunión escatológica con el uno. El Tenno, finalmente, testimonia con su presencia un cosmos más simple, poblado de mitos poéticos, pero permeado por un hilo de oro que lo redime y, en cierto modo, lo hace digno de figurar al lado de sus dos hermanos mayores, el hilo de la Gratitud Gozosa por los dones de los kami, a pesar de todo lo que hay de feo, triste, negro, impuro en la vida.

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Hasta ahora ha habido 262 Papas, 14 Dalai Lama (2) y 124 Tenno. La sucesión de Papas cuenta con casi dos mil años de una historia ligada a todas las vicisitudes de occidente y, a veces, del mundo (Alejandro VI, división de las esferas de influencia portuguesa y española; Gregorio XIII, reforma del calendario). Los segundos, los Dalai Lama, pueden considerarse en cambio como recién llegados que se originaron sólo después las reformas de Tsong-Kapa (1357-1419). Su título, mezcla de mongol (Dalai, “océano”, implicando sabiduría) y tibetano (Lama, “Maestro”), indica los límites geográficos de una cierta esfera de influencia, si bien también en China tuvieron numerosos seguidores y por largos períodos. Finalmente, el primer Tenno japonés, según una leyenda, habría ascendido al trono el 11 de Febrero de 660 antes de Cristo; en realidad los historiadores no poseen fechas seguras antes del siglo V después de Cristo, y el origen de la dinastía nipona se pierde en mitos o acontecimientos que probablemente tuvieron lugar en tiempos poco anteriores a nuestra era.

A lo largo de los siglos y los milenios, las tres dinastías de embajadores metafísicos fueron siempre intensamente humanas; si bien encarnaban ideales altísimos, una filosofía de la vida y del mundo, tales ideales estaban representados por hombres íntimamente ligados a las vicisitudes que atormentaban a sus respectivos tiempos y congéneres. Así como hubo papas y antipapas en 33 ocasiones distintas, ha habido también dinastías del Norte y dinastías del Sur entre los emperadores japoneses (siglo XIV); en cuanto a los Dalai Lama, en los siglos XVIII y XIX, pocas veces llegaron a la mayoría de edad porque morían misteriosamente cuando el Regente debía ceder el poder efectivo en las jóvenes manos de su protegido. 

No mencionaré a las personalidades de extraordinario relieve que se han esculpido un puesto en la larga serie de Papas; desde aquellos heroicos de los primeros siglos (treinta y dos mártires) a aquellos terribles del medioevo, desde los espléndidos príncipes del Renacimiento a los severos reformadores de 1600 y 1700. Brevísima es la serie de Dalai Lama y, sin embargo, tres figuras por lo menos pertenecen a la historia; el Gran Quinto (Nga Chempo, como dicen ahora orgullosamente los tibetanos), que constituyó la teocracia lamaísta dentro de la realidad que ha llegado hasta nosotros, el penúltimo que logró salvaguardar la independencia del Tíbet en el difícil equilibrio entre Rusia y Gran Bretaña; y finalmente, el sexto (Tsang-jan Gyatso, 1683-1706), en su fabulosa experiencia de poeta apasionado y prisionero de una gloria no ambicionada, mártir de la belleza porque los suyos lo hicieron matar, diciendo que debían haberse equivocado en la elección, que no habían encontrado la verdadera encarnación de Chen-re-zi (2). Y entre los Tenno, ¡cuántos colores se entrevén bajo la rígida laca de la hagiografía tradicional! Desde aquellos míticos, como Jinmu, que hablan con los árboles, con las piedras, con pájaros luminosos descendidos de las nubes; a aquellos de carne y hueso, como Hirohito, el tímido biólogo que prefiere el microscopio, los portaobjetos y el guardapolvo blanco de científico, antes que las ceremonias, los altos uniformes, y que sin embargo una vez, dejando los amados estudios, intervino con mano firme desafiando un real peligro contra los militaristas enloquecidos, en Agosto de 1945, e impuso que se aceptaran las propuestas de paz sin arriesgar más sangre de sus súbditos. Hubo Tenno confinados por conjuras de palacio en exquisitos jardines, condenados a sobresalir en las finezas de la caligrafía o en los frívolos y melancólicos juegos de corte; hubo Tenno exiliados a los rigores y a las soledades de la isla de Oki; hubo Tenno que en vano buscaron rebelarse contra el asedio de los regentes, de los mariscales de palacio, de los ministros; y Tenno, finalmente, que han vinculado sus propios nombres a las máximas glorias del pueblo, como Meiji (1852-1912), bajo cuya guía Japón pasó de ser una potencia asiática periférica, agrícola y feudal, a ser una potencia oceánica, acaso no menos feudal, pero regida por una economía de grandes industrias y de intenso comercio.

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En tan profunda humanidad de vivencias –a menudo olvidadas por quienes viven en la órbita de uno de los tres endocosmos– reside la verdadera fascinación de estas embajadas del infinito. Y en ningún momento éstas aparecen más estupendas, en ningún momento éstas florecen mejor con su esplendor metafísico, legal, coreográfico, que cuando son tocadas por la más terrena de las realidades: la muerte. La sucesión de los Papas se produce por elección, la de los Dalai Lama por epifanía, la de los Tenno por descendencia. Cada uno de estos acontecimientos reúne en un solo lugar una vasta multitud de personas eminentes, suspendiendo por un cierto período la vida de las naciones y de los gobiernos, una interesada multitud sin límites, mujeres y niños, y está acompañada por ritos, ceremonias, funciones en las que se manifiestan de manera simbólica y a menudo bellísima las creencias fundamentales sobre la realidad del universo, junto con curiosas, arcaicas, irracionales y detalladas puntuaciones de la tradición. Dada su antigüedad, es difícil hablar de manera absoluta sobre semejantes acontecimientos; a lo largo de los siglos, presentaron aspectos bastante diversos. Hoy constituyen como el zumo final y exquisito de una secular evolución.

El cónclave (cum clavis, lugar cerrado con llave) tiene origen, como se sabe, en la elección de Honorio III, ocurrida en Perugia en 1216, después de que los príncipes de la Iglesia, luego de hacer desesperar a los ciudadanos locales con su prolongadísima indecisión, fueron encerrados en un palacio. Pocos años más tarde, cuando murió Clemente IV, nueva interminable elección en Viterbo. Después de 17 meses, los ciudadanos, por consejo de San Buenaventura, encerraron con llave a los cardenales en el palacio papal, acción que no pareció apresurarlos en lo más mínimo, hasta el punto que el capitán Rainieri Gatti debió decidirse a quitar el techo de la sala: sólo las nubes y las estrellas trajeron juicio a los príncipes de la Iglesia, y así éstos eligieron a quien devino Gregorio X (1271). Haría falta un tomo completo para rastrear hoy, en sus vicisitudes y en sus resultados, cada fase, cada aspecto, cada momento, toda la simbología celeste y terrena del cónclave. Se hablaría allí de los cardenales encerrados en el Vaticano, entre paredes provisorias, separados del mundo por medio de una única puerta cuyas llaves posee un mariscal hereditario de la familia de los príncipes Chigi, se nos recordarían los humos negros y blancos que anuncian los resultados de las elecciones, las ceremonias portentosas de la adoratio primera y segunda, el beso del pie, el cambio de nombre, la bendición urbi et orbi, las campanas que suenan inundando toda la cristiandad… 

De este complejo de vicisitudes nace esa figura verdaderamente única en la historia del mundo entero que es un Papa. Teóricamente, como se sabe, no importa siquiera la consagración sacerdotal para ser elegido, basta con no ser “mujer, infiel, herético o cismático”. Cumplida la elección, el cardenal decano debe preguntar en nombre del Sacro Colegio el consentimiento del neo-pontífice; el instante en el que éste acepta, helo aquí que recibe de Dios la plenitud de una autoridad sin límites. No solo que el Papa ejerce desde ese momento jurisdicción inmediata sobre toda la cristiandad, pastores y grey, en todo asunto de fe y de moral, sino que deviene jefe de una sociedad religiosa monárquica independiente, de origen sobrenatural y por lo tanto perfecta, única por hecho y por derecho (3). Él es juez supremo, no conoce límites de derecho eclesiástico, no puede estar sujeto a ningún tribunal o al juicio de quien sea. Goza del primado del honor, por lo que toda otra dignidad terrena está por debajo de él. Tiene prerrogativas innumerables; puede absolver los pecados de todos, puede canonizar a los santos, y en ciertas ocasiones, cuando habla ex cathedra, se le reconoce el carisma de la infalibilidad. 

El procedimiento con que se elige al nuevo Papa es único e inconfundible; igualmente único e inconfundible es el procedimiento con el que se elige a un nuevo Dalai Lama cuando muere su predecesor. Aquí no hay elecciones ni sucesiones, hay una búsqueda de una nueva epifanía de la única y eterna realidad espiritual, el bodhisattva Avalokitesvara. Teóricamente, no ha habido catorce Dalai Lama sino sólo catorce cuerpos en los que el Iluminado Benevolente se complació en aparecer entre los hombres, en la tierra. La realidad física de la persona es sólo un ropaje que se usa por poco tiempo y que se descarta cuando no sirve más.

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Como en el caso del cónclave, también aquí, en torno a un principio, se constituyó a lo largo de los siglos un complejo de usanzas, ceremonias, ritos, que se prolongan por largo tiempo, con consentimiento de altos dignatarios, en templos y a través de los países, siempre circundados por un aura de arcana necesidad. En primer lugar, los máximos dignatarios de la iglesia lamaísta se reúnen en consistorio y comienzan con interrogar al Oráculo de Estado, que reside en el monasterio de Nechung, a pocos kilómetros de Lhasa. La respuesta generalmente es oscura y se presta a muchas interpretaciones; las búsquedas, por eso, deben continuar por otras vías, que varían de ocasión en ocasión. A menudo se presentan oráculos independientes, magos o chamanes, con sus visiones; o bien un altísimo dignatario, junto con varios doctores en teología, va a interrogar el lago Chö-kor-gye, en el cual se leen los acontecimientos futuros. 

Finalmente, un día, los signos –ya multiplicados– convergen hacia un sitio, un nombre, un indicio cualquiera; se muestran algunas relaciones con un niño nacido cerca de la fecha de muerte del precedente Dalai Lama, acaso se haya descubierto la nueva morada carnal del bodhisattva Chen-re-zi. A veces ocurre que son muchos los niños a quienes apuntan los indicios. Hace falta entonces pasar por esos extraños exámenes de los que se habla en el Tíbet, que sirven para comprobar la transmigrada identidad personal. El cuerpo del candidato debe mostrar ciertos signos; si este punto queda suficientemente establecido se someten a la atención del pequeño algunos objetos que pertenecían al predecesor, junto con habilísimas imitaciones. Ahora todos contienen la respiración: las manos rosadas y regordetas del niño se extienden; un instante de incertidumbre, el destino de un pequeño campesino puede transformarse en el de un príncipe. Si son seleccionados los objetos adecuados, los grandes dignatarios se prosternan, rinden inmediatamente honores divinos a la nueva epifanía.

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En este extraordinario acontecimiento están pues unidos la presencia conmovedora de un niño, llevado por extraños signos a la gloria, a una vida de cenobita dorado; y una atrevida visión metafísica que se entrelaza con los conceptos de samsara (el torbellino de las ilusiones), de prajna (sapiencia mística, gnosis), de bodhisattva (aquél que ha alcanzado la iluminación suprema, pero que renuncia a entrar en el nirvana para continuar la obra de redención entre los hombres), así como con la doctrina de la pluralidad de las vidas.

Mientras que, en el caso del Papa, el poder espiritual prevalece casi constantemente sobre el temporal; y mientras que, en el caso del Dalai Lama, los dos poderes fueron vecinos por largos períodos; el Tenno –si bien oficiaba en muchas ocasiones como sacerdote– fue esencialmente, desde el comienzo, un soberano temporal. Por eso, el mecanismo de la sucesión se parece a la de muchos reyes, príncipes o rajás de la historia de cada país. El acontecimiento en el que aparece más distintivamente su carácter religioso es, en cambio, la investidura del poder, cuyas ceremonias duraron la última vez (1928) casi un año. Los ritos comienzan en Enero, en Tokyo, frente a los santuarios del palacio imperial, en el Kashiko Dokoro (“El Santo Lugar”). Como primera cosa, se anuncian solemnemente a los dioses las fechas de los dos máximos eventos; o sea la coronación propia y verdadera que tendrá lugar a fin del año, y la arcaica, poética ceremonia del Daijo-sai (la “Fiesta de la Gran Degustación”) en la que el emperador solemniza y festeja por primera vez la nueva cosecha de su reino. Luego de los primeros ritos, comienzan inmediatamente esos viajes de mensajeros imperiales que continuarán por meses y en variadísimas ocasiones, entre Tokyo, Kyoto e Ise; entre Tokyo y las tumbas del primer emperador Jinmu y de los últimos cuatro predecesores del soberano actual. Luego, desde febrero, hay un gran ajetreo en el palacio para la elección de los “Campos Consagrados”, donde se hará crecer el arroz que se ha de servir en la Fiesta de la Gran Degustación. Aquí se recurre a una antigua forma de adivinación de origen chino, llamada Kiboku no ho, en la cual se leen las respuestas de las rayas producidas por el calor sobre la caparazón de una tortuga. Por lo demás, la elección de los campos ocurre sólo dentro de una restringida zona de la vecindad de Kyoto entre terrenos que se encuentran en el Yuki y en el Suki, respectivamente al sudeste y al noroeste de la antigua capital. Por meses continúan, mientras tanto, las lustraciones, las purificaciones, las ornamentaciones de todos los lugares en donde tendrán lugar las grandes solemnidades. 

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Finalmente, llega Noviembre. Los soberanos y su séquito parten desde el palacio de Tokyo y van en tren hasta Nagoya, donde pasan la noche, después prosiguen hacia Kyoto, donde está el palacio que albergó a la corte durante mil años. Durante ese recorrido, “el cortejo imperial hace alarde del esplendor y la pompa de una procesión de estado de la máxima grandiosidad, avanzando con el imponente aparato que corresponde a una ocasión en la que el soberano se mueve, acompañado por los tesoros imperiales, para cumplir con ceremonias que sobrepasan en dignidad e importancia a todas las otras de su reino” (4).

Después de dos días de purificación, llega el momento propicio para las ceremonias que rodean al rito esencial de la Gran Degustación. El arroz, de todos los alimentos, es el más sagrado. La misma Amaterasu entregó algunas espigas a su nieto Ninigi, cuando éste descendió a la tierra, diciéndole: “Que mis descendientes vivan del mismo arroz que crece en los campos divinos de Takama ga Hara (las llanuras del alto cielo)”… Los ritos esenciales se desarrollan al alba, acompañados con antiquísimas músicas (Kozu no kofu), y se repiten luego al atardecer.

Finalmente, se celebran las faustas jornadas con banquetes (a uno de ellos son invitados también los representantes de las misiones diplomáticas) en los que el arroz nuevo, el nuevo sake, los frutos de los campos y del mar se ofrecen a los participantes, mientras que nobles mancebos danzan el Kume mai, nobles doncellas, el Fuzoku mai, el Gosechi no mai, y los músicos de la corte tocan el bugaku, la música que algunos orientalistas consideran de algún modo similar a la antigua música griega. Como recuerdo, a cada invitado se le ofrece un kazashii, una flor celebratoria de plata que se distribuye sólo en tales especialísimas ocasiones. 

Ahora, ya no queda más que la visita a Ise, al santuario de la Diosa Solar, para ponerla directamente al tanto de la coronación realizada. Del cielo se desciende, pues, a la tierra; de la tierra se sube nuevamente al tren y el gran cortejo retorna a Tokyo. El nuevo reino tiene ya su iniciación sacramental.  

 

*MARAINI Fosco, Ore giapponesi, 2000 Milano, Casa Editrice Corbaccio, Capítulo IV: “Las cabañas en el bosque sagrado”, pp. 169-174.
(1) Tenno (o Tenno Heika) es el nombre que los japoneses dan a su Emperador.
(2) El autor no usa plural en el caso de los Dalai Lama y los Tenno (N. del T.)
(3) Avalokitesvara (India) se llamó Chen-re-zi en el Tíbet, Qongsim en Mongolia, Kuan-yin en China y Kannon en Japón.
(4) “Las otras religiones están excluidas y son ilícitas, porque la Iglesia es católica, o sea universal”, G. MESSINA, S. J., Enciclopedia Treccani, X, 8. 
(5) Synopsis of the Ceremonies of the Ascension to the Throne of H. M. the Emperor of Japan, Tokyo, 1928.

 

SOBRE EL TRADUCTOR:

kobuku.jpgEl Doctor José María Kokubu Munzón es argentino de origen euroasiático. Experto en Management Japonés y discípulo de Takao Kasahara; es socio en Streamline Strategy Japan, Inc., grupo empresario japonés líder mundial en transferencia de tecnologías de Management. En dicha corporación es
coordinador general del Programa de Cooperación Internacional J-KEY para la mejora de la productividad industrial en las economías emergentes. Kokubu es Odontólogo (UBA) y Kenkyusei (Tokyo Medical & Dental University. Se especializó en Japón en Patología Oral y metodología de la investigación científica como miembro del equipo del doctor Goro Ishikawa. Durante sus 28 años de ejercicio profesional, llegó a ser uno de los más destacados exponentes de su especialidad y odontólogo de la Presidencia de la Organización Techint. En Enero de 2002, se retiró de la práctica clínica para dedicarse de lleno a la investigación, la capacitación y la consultoría. Su formación en Ciencias Médicas —sumada a su experiencia como docente, investigador y hombre de negocios— le permitió identificar algunas claves universales del Management Japonés y descubrir su relación con los procesos neurofisiológicos y cognitivos implicados en la Mejora Continua. Pudo así diseñar una nueva metodología para transferir los principios japoneses a los empresarios y gerentes occidentales, principalmente de Norteamérica, Latinoamérica y Europa.

   



 
 

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