Reportajes y artículos relacionados con Fabio Zerpa
---Notas exclusivas de Fabio Zerpa en La Opinión 26/11/2011
 



EDITORIAL
Ir más allá
Raúl Alberto Vigini
No nos referimos a lugares distantes de esta galaxia, ni dimensiones desconocidas del mundo exterior como puede hacerlo un investigador con conocimiento de causa. Hablamos de ir más allá de lo elemental que condiciona nuestros días. Fabio Zerpa narra, explica, relata, detalla, menciona una tras otra sus ideas, sus conocimientos, pero también sus reflexiones sobre la vida, sobre el futuro, y sobre el tiempo nuevo de la espiritualidad que se enfrenta y se contrapone al del odio y al de la muerte que nos están tratando de “vender” todos los días. Su expectativa de una América integrada como continente del futuro la vislumbra hoy, “sabiendo ver” más allá, desde acá.





EL INVITADO
Y una vez aparece algo difícil de definir en el cielo…
Por Fabio Zerpa - investigador (Buenos Aires)


Una bisagra histórica en mi vida fue en el año ‘63, yo dudaba de los ovnis. Porque cuando vi aquel ovni con el capitán de la Fuerza Aérea Argentina Alexis de Nogaetz, él arriba del avión me dijo “lo que viste es un plato volador”. Le pregunté qué era. Y me respondió “para alguna gente eran naves extraterrestres o el arma secreta de alguna potencia”. Y en la década del ‘70 se fue descartando y quedó la posibilidad extraterrestre, y tuve esa posibilidad cuatro años después de esa observación cuando bajaron siete naves en una estancia tucumana, en Trancas, con excelentes testigos. Estuvimos con el capitán Omar Pagani de la Marina de Guerra, que lo hice nombrar jefe del Departamento Ovni, era un ingeniero civil además de capitán de fragata, y con el comodoro Eduardo Palma, que hicieron declaraciones oficiales. Después vinieron otros avatares porque no son los gobiernos los que niegan, sino que son los hombres, siempre es el ser humano. Fuimos a estudiar esas siete naves que habían bajado, en aquel momento eran platos voladores. Muy buenos testigos, un exintendente de Tucumán, la mujer era directora de escuela, las tres chicas veinteañeras eran maestras, dos casadas con militares argentinos. Y ahí se encontró lo que veíamos como bolitas de naftalina, pero se me ocurrió afortunadamente hacerlas examinar y el ingeniero Carlos Moreno que habitaba esa casa se ofreció para llegar a la Universidad Nacional de Tucumán, y el doctor José Guillermo Gonzalo Tell fue un químico muy importante que dio una declaración realmente estupenda porque encontró carbonato de calcio y carbonato de potasio que allí se unen, pero que no se unen en el planeta tierra, que no existen en la tierra tucumana. Veinticinco años después, en el año ‘88 la Universidad de Tucumán me hizo un homenaje a mí y lo llevé a José Guillermo Gonzalo Tell. Y allí contó lo que había visto en la prueba. Porque hay mucho chanterío, y hay muchas cosas “no”, a veces filman cosas que les parecen y que no son. La nave -que estaba a cincuenta metros de la casa de la estancia- dejó un círculo negro de dieciséis metros de diámetro -nos fuimos dando cuenta después que siempre son múltiplos de cuatro, como los famosos anillos de las hadas- pero la cosa curiosa fue que durante cinco años en esa zona no creció nada aun con fertilizantes.

¿Qué detalles se conocen de ese momento vivido en Trancas?

Ellos vieron la nave durante cuarenta y cinco minutos, y cuando se levanta la nave larga los haces de luces compactos y coherentes. No son como los de una linterna que se abren, son focos de luz, es un rayo láser evolucionado con el que iluminaban toda la estancia. A los veinticinco días vamos con el capitán Pagani y el comodoro Palma y las aves de corral estaban como anestesiadas, es más, los perros bravos, entre ellos dos doberman todavía aullaban. Aullaron muchísimo antes de la aparición de la nave y quedaron en silencio cuando bajó y permaneció la nave en tierra. Cuando se va vuelven a aullar. La familia de la casa cierra puertas y ventanas. La mayor de las chicas, Yolanda Moreno, miraba por un postigo y veía la luz interior de la nave que tenía como veinticinco metros, en silencio se empieza a levantar y se pierde sobre la sierra de Medina. Jolié Moreno, la menor de todas, sale por atrás de la casa, y había un haz de luz que pasaba iluminando al costado. Ella introduce el brazo en el haz y allí se interrumpió la luz, pero el haz la enfoca y le pega en la cara volteándola como una trompada de boxeador, allí ella se mete en la casa. Y en otros casos, por esos haces de luz suben y bajan personas, como el del camionero que lo contó cuando le hicieron hipnosis. Lo llevan a él y a su mujer entre tres extraterrestres por un camino de luz hasta la nave y ellos van pisando como si fuera de cemento pero veían el pasto del suelo debajo. ¡Qué evolución tecnológica! La gente a veces dice tenerle miedo a lo extraterrestre, y yo digo que hay que tenerles miedo a los terrestres. Porque prácticamente ese tema viene de la década del ‘40, y con toda la tecnología enorme que tienen, si hubieran tenido el criterio de invasión estamos todos en Guantánamo.

¿Cuánto hay de certeza y cuánto de intuición en el tema extraterrestre que investigamos?

Hay muchas certezas. El ver para creer de Santo Tomás murió con Albert Einstein. Hace poco tuve un diálogo con un físico cuántico, el ingeniero Alvarez Guerrero, uno de los veinticuatro mejores físicos del mundo que en este momento están en la Máquina de Dios. Y él me dice que cuando era adolescente estando en la universidad iba a ver los documentales que yo daba en Madrid. ¿Quién iba a decir que hoy es un físico nuclear? Tuve a otros importantes también: Dalí y su esposa Gala en el pueblo de Figueres, Gabriel García Márquez en Cartagena de Indias, entre otros. Tal vez aquel hombre que tomó la determinación en el ‘72 de dejar su carrera actoral -que en realidad nunca la dejé porque lo que hago con los ovnis es un monólogo- entonces tuvo la posibilidad de llegar al público porque supo transmitir, que es muy importante.

La sabiduría de los originarios

La universidad y la cultura nuestra nos dan el conocimiento. A mí me prepararon como profesor de historia, como antropólogo, pero no me enseñaron a ser un ser humano. Esa sabiduría que aprendí de los pueblos aborígenes, por eso voy dos veces por año a Perú con hermosos grupos. Es el saber desde el adentro, no ganás nada teniendo mucho poder social, poder político, poder económico, lo importante es tener esa seguridad espiritual. Siempre les digo tanto a mis consultantes como a mis alumnos que traten de buscar la seguridad espiritual y tener mente objetiva. Nosotros como somos tan latinos acá en el Río de la Plata, nos metemos en los problemas con la mente subjetiva, entonces no vemos el problema y siempre estamos involucrados. Y eso es lo que nos llevan los orientales a ver las cosas desde afuera, que no te quita sensibilidad, y te hace más sensible. Y te hace conjugar la palabra que viene a ser fundamental en el mundo del futuro que se llama amor. Nosotros vivimos queriendo, el yo te quiero, querer, tomar, agarrar, poseer, consumir, y lo importante es el yo te amo. Y te puedo amar como amigo, amar a mi mujer, puedo amar a mi madre, a mi padre, porque el amar es dar, soy feliz dando, y al dar quizás es el máximo egoísmo, porque yo te doy y si recibo de vos, fenómeno, está el “ayni”, la reciprocidad, que es muy bella. Unidos espiritualmente y sensiblemente.
Uno mira a los artesanos que te venden cosas en el valle sagrado de Machu Picchu, son muy felices, viven con una sonrisa, no les importa tener mucha fortuna, tener el buen pasar y listo, y vivir la vida, la vida es hermosa, como hacen ellos también, como los pueblos originarios, agradecen a la mañana el día que van a vivir y cuando terminan a la noche agradecen el día que han vivido. Yo hablaba con el físico cuántico, que son enormemente teístas. Y ahora volvemos al ver para creer. Porque cuando Einstein a través de la teoría de la relatividad abre el átomo y se encuentra con millones y millones de partículas que no vemos pero que existen, atrás vino Max Planck que midió los cuantas, todo ese mundo invisible, y se encuentran con que hay un ordenador que llamémosle Dios, energía, puntapié inicial, creador o como queramos llamarle.
Y sobre todo, te lo digo para todos tus lectores: dejen de tener la peor cárcel que tiene el ser humano, esos barrotes que se llaman los miedos. Hace 2600 años que hemos vivido con los miedos y social, política, económica y hasta religiosamente. Lamentablemente te colocan los miedos para quitarte la maravillosa posibilidad de ser libres, y éste de acá arriba -el barba como yo le digo- quiere que seamos libres y te da una causalidad, un destino a vivir, que es siempre muy hermoso, y el que la chinga no es Dios, sino que es el ser humano.

¿Qué reflexión hago de estos años dedicados a la investigación ovni?

Y… esta conclusión de sabiduría del ser. Es el saber ser. Dios quiera que vuelva algún día a Rafaela. Al final de mis documentales hablo siempre de espiritualismo. Desde el primero en 1968, tengo treinta y seis documentales, siempre busqué esta meta y ahora inexorablemente se viene un cambio y transformación extraordinario. Qué casualidad que los países están cada vez más unidos. Nosotros somos latinoamericanos. Con estos cincuenta y dos años que tengo de investigación pasé de ser un loco de atar allá por las décadas del ‘60 y del ‘70, y a hora me dicen maestro y genio. Y digo que no soy ni uno ni lo otro, soy investigador, busco el sí y busco el no. Creo que me ha dado rédito, ha pasado en estos meses, estuve dieciocho minutos en CNN. Y es más, vinieron dos periodistas rusos a hacerme una entrevista de media hora. Pregunté si después me ponían leyendas en ruso para traducirlo, y me dijeron que no, que tienen un canal en español porque ellos piensan que el mundo del futuro va a pasar por Sudamérica. Bueno, y aquel loco de atar que hablaba en las décadas del ‘70 y del ‘80, bueno… Andrés Calamaro: “Fabio Zerpa tiene razón”

Por Fabio Zerpa







EN BUSCA DE FABIO ZERPA, PROTAGONISTA
La dimensión espiritual

Hombre inquieto y amable. De innumerables perfiles profesionales. Con una presencia elegante que cautiva. Con una trayectoria muy importante y una experiencia de vida intensa desde su niñez, nos cuenta en esta conversación de sus pasiones, de sus afectos, de los nuevos tiempos y de su permanente voluntad de hacer.
por Raúl Vigini

LP - ¿Cuáles eran sus fantasías cuando niño?


F.Z. - Cuando era muy niño era muy tímido y siempre fui al encuentro de uno mismo. En mí ya se definió una cosa, porque soy del 4 de diciembre. Empecé antes de cumplir seis años, a los cinco años y medio ya estaba en primer grado. Soy descendiente de alemanes y de austríacos. Mi mamá, la María Luisa Zerpa, a la semana que empecé el colegio me puso al lado de un piano, al principio era una tortura, pero me empezó a gustar cuando me encontré con Chopin, y ese pianista que no le gustaba al principio, que fue forzado, llegó a ser concertista y toqué en una orquesta de jazz. Y mirá, esas cosas allá en la década del ‘50 no tenía mucho trabajo como actor y me defendía con el piano. Era la media hora de la jazz y la media hora del tango. Entonces me ganaba mis morlacos con el jazz y después iba a lo mío que me gustaba, que era el tango, también era ir a bailar, y por supuesto las lindas minas que había en el baile.

LP - ¿Lo de la actuación en qué momento fue?

F.Z. - Claro, otra bisagra en mi vida. A los dieciséis años me recibo de profesor superior de piano, es decir que sé componer, nunca compuse, absolutamente, tuve otros tiempos para otras cosas. Y ahí es cuando Domingo Dentre, el número uno de la música en Uruguay, un Juan José Castro, digamos, insistió durante un mes a la María Luisa Zerpa, mi madre, para que siguiera de concertista, y ella se opuso. Mirá, la que me había puesto en el piano, ahora diciendo “¿qué quiere, que muera también como Chopin?” porque era el mito de la tuberculosis con el piano. Pero como tenía que salir la parte creativa mía, allí a los quince años me metí con el teatro. Tenía una novia, Liliana Bernasconi, muy bonita mujer, era profesora de declamación, un poco mayor que yo, tenía dieciocho años, hizo un grupo filodramático en el Liceo Zorrilla de San Martín en Montevideo, allá el liceo es el Colegio Nacional de acá. Y de repente le ayudaba a ella como apuntador, y un día faltó un actor a un ensayo y me pidió que lo suplante. Cuando hice la parte todos empiezan a darse vuelta y ella me dice: “vos sos actor”. ¿No me digas? No estaba ni enterado, le dije. Hace algunas semanas le hicimos un homenaje a Horacio Ferrer en la sala Margarita Xirgu y para mí entrar ahí es volverla a recordar a mi gran maestra que fue Margarita. Dos catalanes que vinieron perseguidos por Franco allá en la década del ‘30, Margarita Xirgu que ancló en Montevideo y Antonio Cunil Cabanillas que ancló en Buenos Aires. Y después todos los alumnos: Alfredo Alcón, Norma Aleandro, Violeta Antier, Eva Dongé, Osvaldo Terranova, Osvaldo Pacheco, todos mis compañeros, la famosa generación el ’60. Unos imberbes de veinte años, teníamos veintidós, veintitrés, veinticuatro años, dimos vuelta la cultura de este país. Qué cosa curiosa es el ser humano, cuando uno tiene voluntad para hacer las cosas… Hablando de voluntad… Atahualpa Yupanqui, era un tipo de una voluntad increíble, un hombre que nació en Pergamino, que estuvo tanto en el norte y mamó toda esa cosa incaica que tiene el norte. Porque los incas llegaron hasta Cuzco chico que es Cosquín, y llegaron hasta Puente del Inca, Mendoza y Santiago de Chile. A partir de la década del ‘70 me fui enamorando de lo que fueron los incas. Soy profesor de historia y tengo estudios de antropología y de sociología. Le decimos imperio y no fue imperio, fue una cooperativa con un sentido espiritualista realmente estupendo. Hay que pensar que la quinta categoría social eran militares. 

LP - ¿Cuándo llegó a la Argentina?

F.Z. -
El 10 de setiembre de 1950. Fue también una bisagra histórica en mi vida. Me había recibido de profesor de historia en la universidad de Montevideo. Tenía un empleo en el Banco de la República que me había conseguido mi padre. Había cursado tercer año de la facultad de derecho. Los Zerpa tenían muy buena posición, mi abuelo era estanciero, tenía mucho dinero, y de repente Roberto Tálice y Alberto Rodríguez Muñoz -que me veían en el teatro independiente cuando andaba con China Zorrilla y con Taco Larreta- me dicen que cuando tengan una oportunidad en Buenos Aires me van a llamar. Y así lo hacen en 1950 para hacer el galán de La escuela de las mujeres de Moliere en el famoso Instituto de Arte Moderno en cooperativa. Y yo largo todo, el empleo, una buena posición, y me vine a morir de hambre a Buenos Aires. Pero decidí mi vida a los veintiún años, y aquel botija como decimos en Uruguay, aquel pibe con muchos miedos, con mucha voluntad como buen sagitariano que soy, quise hacer una meta de la creatividad, porque soy un hombre del arte y la cultura. Y ya que hiciste esta pregunta, tanto Horacio Ferrer como yo somos uruguayos, pero quizás no hubiéramos hecho todo si no hubiera sido Buenos Aires. Yo viví en dieciocho países, conozco toda América, pero el movimiento cultural de los porteños no existe en el mundo.

LP - El tango lo cautivó también…

F.Z. -
Y la otra bisagra hablando de mis imaginaciones de niños, yo tenía doce años y estaba cursando el sexto grado en el Liceo Francés de Montevideo por mi padre que era muy culto y con cuarto grado, que fue despachante, lo que hoy es el cadete de la tienda del pueblo, llegó a gerente general de Molinos Río de la Plata. Un hombre de una cultura ¡cómo leía! que me dio a mí el amor a los libros. Siempre digo que tengo cuatro mil amigos, están ahí en la estantería colocados uno al lado del otro. Pensar que esos libros están en mi cabeza y en mi corazón, y tuviera que volver a leerlos pero ya no tengo tiempo. Tengo ochenta y dos años pero sigo leyendo como loco. Me acuerdo que un día jueves, justo el día de Júpiter, mi día de Sagitario, terminé el Liceo al mediodía y me iba a comer a casa, bajé por la calle Tristán Narvaja, la famosa de la feria, y de repente paso por un balcón y escucho unos compases de milonga, me quedé subyugado por esa música, termina y el locutor -del que después me hice amigo con los años- dice “terminamos de escuchar recién venido de Buenos Aires ‘Mano brava’ por la Orquesta de Aníbal Troilo ‘Pichuco’” y allí me fui para casa. Nosotros, como buenos alemanes, siempre con el reloj a las doce y media, venía papá de Molinos, lo traía el chofer, primero el vermucito con aceitunas, después comíamos los platos, él se iba a dormir un poco y cerca de las dos salía otra vez, y era un tipo enormemente feliz y siempre con una sonrisa permanentemente. Le comento a papá en ese almuerzo que acabo de escuchar a una orquesta que se llama Aníbal Troilo. Me dijo: “Ah, eso es tango, m’hijo, le gusta el tango?”. El que era un tanguero bárbaro siendo gerente y estando en Montevideo se daba el lujo de llevar a Troilo, D’Arienzo, Canaro -que estuvo en mi casa- Marianito Mores que empezaba su carrera, Roberto Firpo, Osvaldo Fresedo. Yo desde los doce hasta los veintiún años, que vine a Buenos Aires, me empapé totalmente del tango y fui el tercero de tres uruguayos que vinimos a fines de la década del ‘40: primero fue Juan Carlos Mareco, después fue el otro hermano mío que fue Julio Sosa, y yo. Fui -en la época de la malaria- amigo de Julio Sosa. Julio era un gran intelectual, tenía esa presencia del “Varón del Tango” pero a mí no me la cuentan, en la catrera de la pensión, una pensión muy linda que teníamos en Perú y Avenida de Mayo, una casona del 1910, estoy hablando del ‘51. Yo leía en aquel momento todo sobre teatro: Shakespeare, y Julio ¿sabés lo que me leía?: Marcel Proust, Kierkegaard y Sartre, porque era existencialista. Y el verdadero Julio Sosa está en las poesías de él, en el libro “Dos horas antes del alba” que publicó en marzo de 1964, y el 26 de noviembre de ese año, dos horas antes del alba se fue de este plano a los treinta y ocho años de edad. Era un gran tipo, un gran amigo. Y Juan Carlos Mareco, creo que el animador más grande que hubo. Y la cultura que tenía. Le faltaban tres materias para recibirse de abogado. Te digo como historiador: los procesos son culturales, no son políticos, sociales ni económicos. Las revoluciones también, son períodos evolutivos del ser humano, no nos va más la monarquía y viene Robespierre y hacen la Revolución Francesa, y sale después Napoleón. Pero son procesos culturales.

LP - ¿Hasta cuándo el actor?

F.Z. -
Hasta 1972. Debuté profesionalmente en los teatros independientes, fuimos los creadores de la cooperativa. China le llama colectivismo, se terminó el capitalismo salvaje en 2008. Fui actor del ‘48 al ‘72 y lo hice totalmente conciente, fue el 31 se julio de 1972. Es un día muy importante, es el día de San Fabio, lo descubrió mi abuela cuando era chico, es también San Ignacio de Loyola. Y ese día he tomado muchas determinaciones. Ese año estaba haciendo la serie “La Pecosa” en televisión y encabezaba teatro con Rosa Rosen, había hecho catorce películas argentinas y decidí jugarme por esto. Había visto en 1959 un ovni y me picó el bichito que siempre tuve que fue el de investigador. Tuve la virtud de adelantarme al tiempo, este gran cambio y transformación que hubo en la humanidad del homo spiritualis, dejamos el homo sapiens -el que solo conoce- y ahora empezamos a fundamentarnos en la espiritualidad, es el gran poder del ser humano. Buscamos el poder social, poder político, poder económico, y el gran poder es el espiritual. Cuando estás bien espiritualmente, hasta no te enfermás. A mí me dicen, ¿pero cómo, usted tiene ochenta y dos años? Y en el ‘72 me di cuenta después de trece años que estaba investigando -no creía en los ovnis, siempre pisé en la tierra- los testigos me fueron llevando a todo este mundo tan especial. 

por Raúl Vigini
raulvigini@yahoo.com.ar


 



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