LOS ROSTROS HUMANOS - Nota I




Investigación de CAEFA - Argentina


Una disciplina llamada Fisiognomía Planetaria

Fisiognomía (del latín pshysiognomía, y éste del griego: naturaleza y el que distingue) puede definirse como la ciencia de la observación que nos permite deducir, por el aspecto de la cara, los caracteres, las inclinaciones, las cualidades y los defectos del alma.

Según Canteneau, tendría su origen en Babilonia, pero lo cierto es que su primera aparición histórica la encontramos en Grecia.

En efecto, ya Hipócrates (469-399 a. de J.C.) estableció una clasificación de temperamentos, cuyas denominaciones no tardaron en incorporarse al lenguaje corriente:

Tipo Linfático, caracterizado por su piel blanca y sus formas suaves y húmedas.

Tipo Sanguíneo, de reacciones vivas, piel coloreada y recia musculatura.

Tipo Bilioso, de piel oscura, impresionante aspecto y manos frías y húmedas.

Tipo Nervioso, de musculatura débil y manos frías y secas.

Se atribuye a Aristóteles (384-322 a. J.C.) otro tratado de Fisiognomía.

El aspecto externo de estos individuos constituye el resultado de su morfología interna, que pone de relieve las relaciones existentes entre los caracteres morfológicos funcionales y los psíquicos.

Que todas las épocas ha habido humanistas, científicos, investigadores, y filósofos interesados en estudio de la psique, al objeto de llegar aún mejor conocimiento de la misma.

El filósofo suizo Lavater (1751-1801) discípulo de Juan Jacobo Rousseau, puede ser considerado como el iniciador del cuerpo empírico de esta ciencia. Muy conocido por aquella época en Alemania -ya que casi todas sus obras están escritas en alemán-, sus observaciones son más descriptivas que analíticas y están impregnadas de sentimentalismo.

Podemos decir que durante el Renacimiento fue cuando se valorizaron debidamente las obras de Lavater. Fueron publicadas en Leipzig en 1778, y a partir de entonces se reconoció la existencia de un sistema de filosofía racional sobre la expresión o el lenguaje natural de la cara.

La base de su sistema era el estudio comparativo de los rostros humanos con los de los animales. Así, por ejemplo, nos presenta el rostro de un león y el de un hombre. "Decimos de un hombre para distinguir a éste de la Humanidad, y así como podemos ver que existe cierta semejanza entre estos dos seres en lo tocante al rostro, deducimos la posibilidad de que exista también alguna semejanza en sus inclinaciones".

En consecuencia, si las facciones de una persona tienen cierta semejanza con las de un león, podemos deducir que las tendencias de dicha persona tendrán un carácter destructor.

Lavater estableció  asimismo comparaciones entre los semblantes de algunos hombre geniales en distintas facetas del Arte y de la Ciencia, y los rostros de personas vulgares e incluso estúpidas. Con tales comparaciones se propuso demostrar la diferencia entre el rostro de un hombre de talento y el de un imbécil; entre una persona de genio vivo y otra tímida. Las  teorías de Lavater fueron aceptadas por todos los Fisiognomistas. Mas para darles consistencia científica no bastaban los ensayos realizados. Había que conocer y determinar analíticamente la causa inmediata que pudiera revelar, por las formas externas, el talento o la estupidez, u otros fenómenos mentales. Lavater creyó encontrar esta causa inmediata en la forma y el color del rostro.

Esta teoría se hallaba ya expuesta -muy brillantemente por cierto- en las obras de algunos de los autores de la Iglesia, sobre todo en las de santo Tomás de Aquino y san Buenaventura. Según el primero, el alma tiene varios sentidos o facultades, sentidos o facultades que , según Buenaventura, se manifiestan en la configuración de la cabeza y en la expresión de la cara.

A partir de entonces se fue perfeccionando el estudio de las formas del rostro y de la cabeza, hasta llegar a convertirse en una ciencia, a lo cual han contribuido todos los sabios e investigadores que trabajando independientemente en busca de nuevos elementos de "diagnostico", pusieron en un acuerdo común los resultados de sus observaciones.

Jung, psicólogo y psiquiatra suizo, discípulo de Freud, que se separó de su maestro a causa del carácter materialista de las ideas de éste, realizó investigaciones sobre los tipos psicológicos que lo condujeron a clasificar a los hombres en introvertidos y extravertidos.

 Posteriormente, el doctor Cormen dividió los temperamentos en ocho tipos, ya que habían sido estudiados por la Senne y por el doctor Ferrière. Son los siguientes: sanguíneo, nervioso, colérico, pasional, sentimental, flemático, amorfo y apático. El Dr. Coman -de la escuela de la Morfología de Francia- investigo científicamente las leyes que presiden la creación de las formas humanas.

Por su parte, Eugenio Ledos estableció los cinco tipos geométricos y el sistema septenario, basándose en los antiguos tipos de la mitología griega.

Las analogías, tanto fiscales como morales, observadas por muchos investigadores de la Fisiognomía, nos dan la certeza de que existe una correlación entre las facciones y el carácter. Si no fuese así, tales estudios carecerían de esas bases fundamentales que sabemos poseen. Las causas que determinan y una expresión a la fisonomía pueden resumirse en cuatro:

El temperamento, siempre bien determinado y que comunica al rostro un aspecto que revela intensidad, irritabilidad, solidez o debilidad moral.

La configuración especial de la cabeza, la cual modifica la expresión del rostro, de acuerdo con el sentido de tal configuración.

El lenguaje natural de las facultades más desarrolladas, que constituyen el carácter, el cual se manifiesta con mayor frecuencia y con más vehemencia que las demás, y que deja en las facciones huellas y señales permanentes de su significado.

La expresión moral que tiene de por sí cada una de las facciones.

Aristóteles, Porta, Lavater, así como los Fisiognomistas que los precedieron o los siguieron, juzgaron también las facciones por la expresión que les comunica el temperamento, la configuración de la cabeza, el lenguaje natural de las facultades más desarrolladas y la expresión moral de todas y cada una de las partes que constituyen la cara. Todos estos investigadores dieron por sentado que las facciones, con todas sus cualidades físicas, eran los órganos del alma, o sea, "las verdaderas señales fisonómicas", que podemos señalar como cefálicas o craneales, ya que son las únicas que se hallan enlazadas directamente con las facultades, las capacidades o las potencias del alma, las facciones se manifiestan también a través de su lenguaje natural, lenguaje que puede alcanzar a todas las partes blandas y flexibles del cuerpo, o sea, las susceptibles de expresar las aptitudes y los ademanes dentro de sus posibilidades. Todas estas condiciones no dependen de las propiedades físicas o mentales de dichos órganos, sino del lenguaje natural, que se expresa exteriormente por medio de la cabeza. Los investigadores han abordado estos estudios con objeto de llegar a definir bien a un determinado tipo,  o a una casta, o a una raza, y de que tal definición les pudiera servir de base. Pero todas las investigaciones que, aparentemente podían aportarle algún nuevo indicio distinto de los conocidos hasta entonces, fracasaron, pues comprobaron que simplemente se hallaban caracteres iguales en razas distintas. Sin embargo, tales observaciones les sirvieron para establecer reglas de conducta de gran utilidad y, en consecuencia, para fundar el sistema de la doctrina psicológica.

Todos estos sistemas y tipos antropológicos fundamentales, así como sus respectivas modificaciones se han ido estableciendo a medida que han surgido nuevas relaciones.

Sabemos que cada individuo diferente de todos los de su especie. De acuerdo con este principio, si ponemos una junto a otra, a dos personas elegidas al azar y las observamos detenidamente, veremos que presentan considerables diferencias. En este sentido, Lavater aborda numerosos datos fisiognómicos de incalculable valor. En la naturaleza todas las cosas se hallan dispuestas de acuerdo con unas reglas presididas por el orden y la sabiduría, y, en ella, todos los efectos corresponden a sus causas, y estas, a sus efectos. Y en esta naturaleza encontramos la obra más fabulosa de la Creación: el hombre, obra que izo decir a Descartes: "Pienso, luego existo". En la Naturaleza, este hombre, que de por sí constituye ya un mundo, el microcosmos, se manifiesta en el Universo mediante la acción de su voluntad, que es la que le permite luchar contra el destino y someterlo a sus concepciones. Podemos apreciar la relación que existe en él entre el interior y el exterior, o sea, entre lo visible y lo invisible, que, en resumidas cuentas, es la causa y efecto. En todos los juicios relativos a las facciones, nos referimos siempre al exterior, ya que lógicamente, solo podemos apreciar éste y, a través del análisis del mismo, sacar conclusiones generales sobre las cualidades interiores. El resultado de nuestro análisis nos da un conjunto de indicios que nos informan no solo del tiempo que el hombre ha vivido hasta la fecha, sino también de la predisposición que tiene a contraer ciertas enfermedades. Asimismo, nos "habla" de cualidades del espíritu y de su corazón, y, a menudo, nos advierte acerca de lo que podemos esperar o temer de él.                   

En los tipos fundamentales establecidos por Lavater, podemos apreciar el valioso trabajo de este investigador, el cual nos dice que cuando se asemejan los rasgos de los seres, también se pareces sus caracteres, aunque si bien, entonces, la mujer está masculinizada y el hombre, afeminado. Cuando, mediante cierta gradación e los caracteres físicos, pasamos de una a otra raza, se observa que el carácter moral participa también de los diferentes matices que distinguen a las razas afines.

También las reacciones son dignas de tenerse en cuenta. Así, puede apreciarse como los hombres del norte de Europa se asemejan en su aspecto e, incluso, en su genio. Lo mismo podemos decir respecto a los pueblos del Mediodía de Francia, los cuales muestran distintos matices intermedios que separan a ambos extremos: tipos del Norte y tipos del Sur.

Esto, también lo observamos en los tipos de una misma familia. Se puede distinguir como reina en ella la mayor analogía en cada carácter, reflejado con bastante fidelidad por los rasgos.

CONTINUA Nota II

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